Una ciudad que se queda sin alas
Cuando el miércoles Bruselas quiso volver a la normalidad, la ciudad sabía que no iba a llegar de manera automática. Ayer se supo que el aeropuerto de Zaventem, uno de los escenarios de los dos ataques en los que murieron 30 personas y 250 resultaron heridas, no abrirá hasta, al menos, el lunes. Hasta entonces, los vuelos serán desviados a otros aeródromos próximos como Charleroi, que ha alcanzado el máximo de su capacidad, y a otros de ciudades más o menos cercanas como Lille, Lieja o Amberes.
La razón del retraso en la reapertura, que en un principio estaba planeada para hoy, se debe a las complicadas tareas forenses que están llevando a cabo las fuerzas de seguridad en el escenario de las dos explosiones que sacudieron la terminal a las ocho de la mañana del martes.
Los aviones comenzaron a despegar ayer y el ruido de los motores volvió a escucharse por la mañana, aunque se trataba de movimientos de aeronaves civiles sin pasajeros y de aviones militares. La policía y el Ejército mantienen un perímetro de seguridad de varios kilómetros alrededor del aeropuerto al que sólo pueden franquear personas autorizadas. En los ‘checkpoint’ montados por el Ejército belga y en general en todo el perímetro de seguridad, cientos de personas han querido dejar velas y flores en honor de las víctimas.
Algunos de los que se están acercando son los trabajadores de la terminal que el martes sufrió dos explosiones suicidas. Ayer, varios de ellos se abrazaban frente a los militares. Cada uno guarda una historia de pesadilla. Katia Socquet, belga de 39 años, era una de las encargadas de seguridad de United Airlines en la zona de mostradores en la que hizo explosión la primera bomba. «Noté un sonido terrible y enseguida supe que era un atentado. El mundo se vino abajo. Entré en un despacho, me tiré debajo de una mesa y escuché la segunda explosión. Después salí corriendo. Vi cuerpos pero reconozco que en mi cabeza solo cabía la idea de correr para volver a ver a mi hija de cinco años».