Las dudas sobre Trump persisten tras su actuación en el debate
Paul Ryan anuncia que no volverá a defender al magnate neoyorkino ni hará campaña por él.

Los dos candidatos a la Casa Blanca ni siquiera se dieron la mano antes del debate. JIM LO SCALZO
m. gallego | washington
Media hora después de que empezara el segundo debate presidencial en la Universidad de Washington, en St. Louis (Missouri), el ex presidente del Partido Republicano Michael Steel tuiteó la foto de una explosión nuclear. Donald Trump hacía entonces las delicias de sus seguidores tirándole a la cara a Hillary Clinton todo lo que la extrema derecha dice de ella, en tropel, sin orden ni concierto, pero la derecha moderada seguía viendo al millonario arrogante, incapaz de formular una política coherente, que ha robado el alma conservadora del partido de Lincoln y Reagan.
Así las cosas, el presidente del Congreso, Paul Ryan, convocó ayer a los barones del partido por teleconferencia y anunció que no volverá a defender a Donald Trump ni a hacer campaña por él. Aclaró que no le retira oficialmente su apoyo, pero a partir de ahora se dedicará a salvar los muebles. O más bien los escaños de la Cámara Baja.
La respuesta de Trump no se hizo esperar. «Ryan debería dedicar más tiempo a equilibrar los presupuestos, crear empleo y combatir la inmigración ilegal en lugar de atacar al candidato republicano», tuiteó. Ambos seguían caminos diferentes. A Trump nunca le ha interesado el aparato del partido ni la agenda de sus barones. Es parte de su atractivo. Quienes creyeron que podrían doblegarle una vez que se alzase con la nominación saben ya que se equivocaron. Trump es indomable, díscolo y soberbio. Sus seguidores le admiran por ello. Ahora es también un animal herido que da zarpazos a diestro y siniestro
Los críticos, esos mismos que nunca creyeron que Trump pudiera ganar las primarias del partido conservador, escriben ya su epitafio.
Con todo, algo debieron ver en su actuación del domingo los políticos que nunca han sido fans del empresario neoyorkino pero han decidido darle una oportunidad a estas alturas de la partida. «No podemos entrar en pánico», rogó el congresista Peter King. «Recordad que estas son unas elecciones como ninguna otra». En ese debate en el que no se dieron ni la mano, Clinton le recordó que necesitaba hacer «cualquier cosa» para no hablar de cómo le explota la campaña «y cómo te están abandonando los republicanos», pero fue el único gancho que se permitió soltarle.
Él, que la amenazó con llevarla a la cárcel, le recordó que tenerla a ella en el poder sería volver al secretismo y la arrogancia. El magnate se disculpó, sin mucha convicción, por las vulgaridades que considera «jerga de vestuarios» y sin pausa alguna prometió que acabaría con el EI.
Pero la tensión ya dejó notarse antes del debate. Horas antes de que se abriese el telón, Trump invitó a un grupo de periodistas a una improvisada conferencia de prensa donde se lo encontraron flanqueado por algunas de las mujeres que han acusado públicamente a Bill Clinton de ataques sexuales.