Congo, más allá de la guerra
Se estima que más de 5 millones de personas han muerto en el este del país desde 1996
Niños se arremolinan en las calles de un barrio periférico de la ciudad de Goma. PATRICIA MARTÍNEZ
Katungu Sasita perdió la pierna izquierda a los 19 años por resistirse a ser violada. Estaba labrando en Nyamilima, una pequeña aldea del noreste de la República Democrática del Congo, cuando sufrió el asalto de un grupo de rebeldes ruandeses. Se defendió y recibió un disparo a bocajarro. Tuvo que esperar más de 15 horas en el suelo hasta ser socorrida. «Permanecí allí recostada durante horas hasta que alguien vino a por mí alrededor de las 9 de la mañana siguiente», relata desde un centro privado de rehabilitación de Goma, mientras le preparan el molde de escayola para su cuarta pierna ortopédica.
Tal vez, si algún vecino la hubiera atendido y llevado antes a la ciudad, la herida de bala nunca se le habría infectado hasta el punto de requerir la amputación. Pero esas son demasiadas suposiciones en un escenario de guerra. «Fue la voluntad de Dios», repite Sasita sentada sobre uno de los escuálidos colchones del dormitorio donde las mujeres y sus hijos más pequeños pueden esperar en este centro, ubicado frente a una prisión. «Fue difícil, pero las cosas se dieron así. La pierna no va a volver», añade de forma tranquila, con un colorido vestido de kitenge (tela africana) y con su hijo de dos años en brazos. El 80 % de los que acuden a este centro -gestionado por los Hermanos de la Caridad belgas con el apoyo del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR)– son hijos de la violencia. Víctimas colaterales de un conflicto que, desde hace 25 años, mantiene en jaque el este del Congo, atestado de organismos humanitarios, cascos azules de la ONU y soldados congoleños, pocos y mal remunerados, frente a más de un centenar de grupos paramilitares e incontables milicias de autodefensa comunitarias.
De Ruanda al Congo
«Se podría decir que el conflicto de Ruanda se exportó al Congo», asegura la congoleña Soraya Souleymane, experta en minería y desarrollo. Se refiere al genocidio de 1994, aquellos 100 días en los que 800.000 tutsis y hutus moderados fueron asesinados por hutus extremistas. Al concluir este suceso, el Ejército de Ruanda (tutsi) «los siguió hasta aquí dando inicio a los enfrentamientos con los hutus de las Fuerzas Democráticas para la Liberación de Ruanda (FDLR)».
Se estima -hay divergencia entre las cifras del Gobierno y las agencias extranjeras- que más de 5 millones de personas han muerto en el este del Congo desde 1996, cuando una invasión ruandesa para derrocar al dictador Mobutu Sese Seko y defender de las matanzas a la minoría tutsi, provocó una conflagración. Inicialmente fue regional (1996-97) y después, bajo mandato el presidente Laurent Désiré Kabila, se transformó en el mayor frente de batalla tras la Segunda Guerra Mundial, en el que entraron otros nueve países africanos seducidos por las concesiones mineras. «Cuando concluyó (2003) y se les pidió que se retiraran del Congo, algunos de sus generales se quedaron y comenzaron a operar por cuenta propia, según justifican sus gobiernos. Sin embargo, yo creo que se puede decir que cuentan con su beneplácito», analiza.
El final de este conflicto, apodado «guerra mundial africana», significó la teórica expulsión de las potencias africanas extranjeras –entre ellas, Angola, Zambia, Sudán o Libia– pero no la disolución de los grupos rebeldes rivales formados a lo largo de aquellos años. Milicias que han ido transformándose, disolviéndose y multiplicándose.
Por cada grupo armado, surge otro para combatirlo, y otro más para oponerse al primero. Son una amalgama de guerrillas que, sin causar demasiado ruido mediático y ligadas todavía a la extracción y comercio de recursos naturales o al simple saqueo, continúan matando. «En el último censo se contaron 132 grupos armados a los que habría que añadir bandas de criminales comunes».