«Ya está, amor, la guerra acabó»
Las familias de los rehenes protagonizaron emocionados reencuentros: «Voy a darles a mis hijos el mayor abrazo del mundo»

El rehén Guy Gilboa-Dalal y su familia.
Ayer era el gran día y, para algunos, empezó de manera imprevista. A Silvia Cunio, la madre de los rehenes Ariel y David, le sonó el móvil, pero no quería descolgar porque se trataba de un número desconocido. Menos mal que al final lo hizo: al otro lado estaban sus dos hijos, en una videollamada que sirvió de prólogo para el reencuentro: «No oía nada, pero los he visto y ha sido suficiente para hacerme sentir una cantidad anormal de felicidad. Me ha parecido que estaban perfectamente, pensaba que estarían peor. Es imposible describir todo lo que estoy sintiendo, quiero darles el mayor abrazo y el mayor beso del mundo», comentó Silvia. Hamás organizó varias llamadas de ese tipo, criticadas por algunas voces en Israel como un intolerable sustituto de las ceremonias públicas de entrega de rehenes que les había prohibido expresamente el acuerdo de paz. Esas objeciones no impidieron que las familias las recibiesen con el lógico alborozo. «Ya está, amor mío, ¡la guerra ha acabado! Vamos a vernos pronto», le decía Einav Zangauker a su hijo, Matan. «Hemos gritado de alegría», resumía su conversación Vicky, madre de Nimrod Cohen. Las familias acudieron a la base de Re’im, primer destino de los liberados. En los accesos a las instalaciones militares se congregaron, además, cientos de personas con banderas de Israel y pancartas, que vitoreaban y aplaudían cada vez que pasaba un vehículo con allegados de los rehenes. En aquellas dependencias se fueron produciendo los reencuentros, incluido el de Einav con su hijo Matan, al que el periódico Israel Hayom se refirió como «el momento que toda la nación estaba esperando», ya que la mujer se ha distinguido como una de las figuras más activas y visibles del colectivo de familiares. A Bar Kuperstein lo atraparon cuando asistía a los heridos en el festival Supernova, y en aquel momento su padre llevaba tres años postrado a causa de un ictus y ni siquiera era capaz de hablar. Pero, durante el calvario del hijo, Tal se ha esforzado en rehabilitarse, para ser capaz de dar testimonio en favor de la liberación de Bar, y ayer pudo ponerse en pie para recibirlo y estrecharlo entre sus brazos. «Han sido dos años de un viaje imposible», resumió la familia. Al músico Alon Ohel se le vio durante el traslado posterior al hospital, con un cartel que decía «mi sufrimiento ha terminado, estoy en casa», y sus parientes desvelaron que después pudo tocar el piano en el centro médico, por primera vez en dos años. «Se ha quedado asombrado al ver a tanta gente en la Plaza de los Rehenes, con desconocidos que sujetaban su foto. Ahora vamos paso a paso, al ritmo de Alon», apuntó su madre, Idit, en declaraciones al Times Of Israel.