La nueva Siria cumple un año sin caer en el caos

Cientos de personas se congregaron este sábado en varias zonas de Siria.
Siria tiene el 8 de diciembre marcado en rojo en su calendario. Las autoridades han decretado dos jornadas de fiesta nacional para conmemorar el Día de la Liberación, el primer aniversario de la caída del régimen de Bashar Al Assad tras una operación relámpago de los grupos opositores. Hay previstas movilizaciones en las plazas de las principales ciudades y las mezquitas se sumarán a la fiesta con «cánticos de victoria", informó el Ministerio de Asuntos Religiosos. Durante cinco décadas, Hafez y Bashar Al Assad, padre e hijo, gobernaron Siria bajo el eslogan 'Assad o el caos' y se presentaron como los únicos capaces de mantener el país bajo control. Para ello no dudaron en reprimir con el uso máximo de la violencia cualquier intento de levantamiento o revuelta. Bashar llevó el nivel de brutalidad al máximo con una guerra civil de trece años que dejó el territorio arrasado.
Doce meses después de la huida del dictador a Rusia, Siria no ha caído en el caos, tiene a un presidente —Ahmed Al Sharaa, de 43 años y exmiembro de Al Qaeda— reconocido por Estados Unidos y Europa, respira más libertad y sigue subida en la nube de la emoción del cambio. Una nube de la que los sirios bajan a tierra cada día cuando se dan cuenta de que no tienen para comer. «Ahora tenemos más espacio para hablar, es cierto. Antes, como activista político, libraba una lucha con un Estado autoritario. Hoy, el desafío es más complejo: prevenir la desintegración del país, construir una legitimidad civil, insistir en la inclusión y el pluralismo", explica Anas Joudeh, abogado que durante el antiguo régimen lideró varias iniciativas de diálogo entre comunidades. Joudeh lamenta que, pasado un año, «no hay unidad en Siria, está profundamente fragmentada. Unidad significa que la gente comparte un futuro y esa sensación no existe. Cada actor negocia con Damasco como autoridad paralela».
Esta fractura interna —que se evidenció en marzo con la matanza en la costa de alauíes, miembros de la secta a la que pertenece Assad, y en julio con el asesinato de drusos en el Sur-, es uno de los grandes deberes para un presidente que en sus discursos mantiene siempre el tono moderado y la llamada a la unidad nacional. Las palabras de Al Sharaa, sin embargo, son difíciles de creer para cristianos, alauíes, drusos y kurdos, que por muchos trajes que vista le siguen viendo como el antiguo líder de Al Qaeda. Pese a la desconfianza, cuando algunos temían el establecimiento de un nuevo califato en el corazón de Oriente Medio, se mantiene el respeto a las minorías en las ciudades. El presidente sirio visitó recientemente a Donald Trump en la Casa Blanca y mantiene un discurso conciliador con su vecino Israel, aunque el primer ministro hebreo, Benjamín Netanyahu, ha optado por ocupar una amplia zona al sur de Siria e instalar una base en la cima del monte Hermón. Los israelíes lanzaron además hace dos semanas una operación en una localidad situada a 45 kilómetros de Damasco en la que mataron a trece personas, lo que les costó la reprimenda del mandatario estadounidense. Este miliciano metido a político ha borrado la presencia de Irán y Hezbolá en el país y se ha sumado a la lucha internacional contra el grupo yihadista Estado Islámico, que mantiene presencia a lo largo de la porosa frontera con Irak.
La dura guerra civil arrasó infraestructuras y dejó ciudades enteras en ruinas. El Banco Mundial estima las necesidades de reconstrucción en unos 216.000 millones de dólares, casi diez veces el PIB sirio en 2024. La mayor parte de esa cantidad corresponde a edificios residenciales y recursos esenciales como redes eléctricas, carreteras y sistemas de agua. La ONU estima que más de 1,2 millones de refugiados y 1,9 millones de desplazados internos han vuelto a sus lugares de origen, donde se han encontrado escombros. Una experta europea en cooperación, que ha vivido el cambio de régimen sobre el terreno, señala que «el acceso a servicios y necesidades básicas sigue siendo el gran problema, porque afecta a un 80% de la población, además de la vivienda». «Se ve inversión privada, pero los donantes no parecen en condiciones de apoyar al país como necesita".