Diario de León
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La entrevista con José Maria Aznar que el jueves emitió Antena 3 mostró a un presidente del Gobierno convencido de sus posiciones, dispuesto a afrontar las consecuencias que en términos de impopularidad le reportará su actitud en relación a la crisis de Irak, deseoso de hallar la comprensión de una opinión pública que le es severamente adversa, convencido del peligro que representa Sadam Husein y dispuesto por tanto a hacerle frente, y emotivamente preocupado por conseguir que la ciudadanía le crea y entienda que su mayor preocupación es la seguridad de los españoles y el mejor acomodo de nuestro país en el ámbito internacional. No es cosa de dudar de la integridad ni de la buena fe del presidente Aznar, quien sin duda actúa con toda honradez en este asunto, comprometiéndose en un empeño que no ha de ser fácil emprender porque comporta riesgos objetivos para su propia formación política y va contra corriente de un resonante clamor popular. Pero la aceptación, sin reserva mental alguna, de que quien posee la legitimidad que le faculta incuestionablemente para tomar las grandes decisiones obra movido exclusivamente por convicciones y por objetivos filantrópicos no elimina otras objeciones argumentales que se le pueden oponer a su actitud. Primeramente, el hecho de que Aznar esté absolutamente convencido de la mala fe de Sadam Husein y de su disposición a desestabilizar el mundo mediante la exportación de las armas de destrucción masiva que posee no es aval suficiente para que cesemos de dudar sobre la solidez de las pruebas reales que respaldan tales convicciones. Informaciones procedentes de diversos servicios secretos occidentales manifiestan su escepticismo sobre cualquier vinculación entre Sadam Husein y Bin Laden. Y las supuestas declaraciones de éste reclamando al mundo islámico solidaridad con Bagdad no demuestran nada: es evidente que el líder de Al Qaida no está en este pleito de parte de los Estados Unidos, pero ello no certifica la proposición recíproca. Es asimismo sospechoso que Washington esté desarrollando en los propios Estados Unidos una vasta operación de propaganda, que tiende claramente a generar una gran psicosis que movilice a una opinión pública cada vez más contraria a la guerra (ayer mismo, The New York Times publicaba una encuesta que demuestra que en la sociedad americana crecen rápidamente el rechazo a la guerra y el escepticismo sobre la envergadura de la supuesta amenaza). En segundo lugar, el presidente Aznar maneja una disyuntiva errónea cuando dice que la comunidad internacional está escindida en torno a dos opciones: enfrentarse a Sandam Husein, con todas las consecuencias, o no hacer nada, lo que enviaría un mensaje muy peligroso a todos los dictadores. La unanimidad que suscitó la resolución 1.441 del Consejo de Seguridad de la ONU, votada afirmativamente por Francia, Rusia y China, e incluso por Siria, demuestra a las claras que la voluntad de meter en vereda a Sadam Husein y de reducir el peligro que representa el sátrapa iraquí es firme y universal (es inaceptable el maniqueísmo norteamericano que trata de acreditar la tesis de que París estaría del lado de Sadam Husein). Sin embargo, Francia -el caso alemán es distinto cree que no se han agotado todas las actuaciones diplomáticas tendentes a conseguir el objetivo de desactivar el peligro iraquí por medios no militares-. Las tácticas de contención mediante presiones de toda índole, el control interno mediante los inspectores de armamento o a través de una misión más relevante de la ONU, la aplicación de nuevas sanciones, etc. podrían aislar el peligro sin que la población civil iraquí hubiera de ser masacrada. En todo caso, la amenaza militar, que tiene gran poder disuasorio, no desaparece del planteamiento de París. De lo que se trata es de conseguir «ganar sin guerra»; éste es precisamente el lema de la organización que impulsa la actriz Susan Sharandon, que cada vez suscita más apoyos en la propia sociedad americana. Finalmente, tan relevante como la acción militar en sí, que ya parece irremediable, es la secuencia procesal que la desencadene y la legitimidad que obtenga. Si la guerra se apoya exclusivamente en el impulso unilateral americano, sin la sólida apoyatura de la gran institución multilateral que es la ONU, habremos dados pasos de gigante muy peligrosos hacia el precipicio. Sadam Husein será desactivado, pero la comunidad internacional no será por ello más segura. Antes al contrario, viviremos ya en un absoluto vacío jurídico en el que las normas emanarán de la arbitrariedad imperial de Washington. Y los Estados Unidos, ausentes de los grandes intentos de armonización global -desde el Tribunal Penal Internacional al Tratado de Kyoto , ya han dado suficientes pruebas de que sus intereses prevalecen siempre sobre cualquier idea de solidaridad o filantropía.

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