| Crónica | El día después |
Estambul vive en el caos y la desolación
Un ejército de policías vigila y los vecinos intentan volver a sus casas semidestruidas.

Un grupo de turcos mira desde un autobús los edificios destruidos
«Mi amigo Ramazan no contesta el teléfono desde ayer, tenía una tienda en esta calle y me temo lo peor», repetía el viernes el joven Kadir a los policías que le cortaban el paso frente al semidestruido consulado británico de Estambul, donde 24 horas después de un violento atentado seguía reinando el caos y la desolación. Un ejército de policías y peritos, vecinos intentando volver a sus casas semidestruidas, ciudadanos buscando a parientes o amigos y simples curiosos poblaban este viernes las mismas calles del céntrico barrio de Taksim por las que decenas de personas ensangrentadas huían despavoridas la víspera de una fuerte explosión. Ocupada en garantizar la seguridad de habitantes y comerciantes, limpiar la zona y encontrar todavía pruebas de este atentado suicida con coche bomba que dejó 17 muertos, entre ellos el cónsul general británico Roger Short, la policía corta el paso en las calles aledañas al consulado. «Ramazan tenía un centro de técnicas de estudio justo al lado del consulado. Su familia está fuera de Estambul y nadie sabe qué ha sido de él. No podemos aceptar esta violencia ciega», afirma, impotente, Kadir, que ya visitó los hospitales y espera un permiso para cruzar la barrera y llegar hasta el negocio de su amigo. A pocos metros, en numerosos cafés y tiendas se han comenzado a limpiar los escombros y cambiar las puertas y los cristales rotos por el impacto de la explosión. Mete Ustundop recuerda que estaba durmiendo en el interior de su bar, el Sahibinin Sesi, cuando «creyó que el mundo se le caía encima». Este viernes, daba gracias a Dios por haber salido ileso de «aquella locura» y se afana en cambiar los vidrios rotos de su negocio. HastaTaksim han llegado también decenas de turistas que se inmortalizan sonrientes ante los edificios semidestrozados por la explosión ante la mirada de reproche de los vecinos.