El primer ministro Abu Alá mantiene su dimisión en la peor crisis de la Autoridad Palestina
La presión popular obliga a Arafat a cesar a su primo el general Musa
La población de Gaza, que vive por debajo del umbral de la pobreza, está harta de corrupción Sharón enfa
Yaser Arafat se enfrenta por primera vez a una Intifada doméstica, no por esperada menos temible, que incluso podría servir de icono para que los analistas rubriquen lo que todos saben y nadie anuncia: el fracaso estrepitoso de la segunda Intifada, iniciada en el 2000 por los palestinos para repeler la ocupación israelí de sus territorios. Si el viejo «Rais» pretendía calmar los ánimos de una buena parte de la población palestina y de las milicias armadas, y anular el caos que asola desde el pasado viernes a la maltrecha franja de Gaza, le salió el tiro por la culata al nombrar como jefe de las fuerzas de Seguridad General a su primo Musa Arafat, hijo de un tío materno del líder palestino y odiado popularmente por «corrupto e incompetente» en las calles de Gaza y Cisjordania, en sustitución del general Ghazi Jabalí, cuyo secuestro fue el inicio de las revueltas que han dejado en evidencia el desmoronamiento de la actual dirección palestina. El nombramiento el pasado sábado del «enano corrupto», tildado así por algunos de sus numerosos enemigos, desató una incontrolable oleada de protestas en Gaza, y en algunos puntos de Cisjordania, que se vieron culminados la noche del domingo en unos durísimos enfrentamientos armados interpalestinos en la ciudad de Rafá, al sur de Gaza, que dejaron un saldo de doce heridos. La insurrección comandada por las milicias armadas de su propio partido, Al Fatal, y seguida por todos los grupos de la resistencia y de miles de espontáneos, era un hecho y ayer el viejo caudillo se veía obligado a cesar a su poco querido primo Musa volviendo a designar a Abdel Rasek al- Mayaida, un hombre respetado incluso por los más radicales. Sin embargo, el hartazgo de la paupérrima población de la tira de Gaza, en la que un 60 % vive por debajo del umbral de pobreza, a los métodos y prácticas corruptas de numerosos políticos y funcionarios de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), es un clamor que exige profundas reformas en el seno de este organismo creado en el año 1994 y que vive la peor crisis de su corta historia. Una exigencia que también reclama el actual primer ministro, Abu Ala, que mantiene sobre la mesa del presidente su dimisión, presentada el pasado sábado, y que instaba ayer a Yaser Arafat a «poner fin al caos (¿) ha llegado el momento de activar nuestros organismos basándose en las medidas adecuadas para nombrar a la persona adecuada para cada puesto. Lo que está pasando en Gaza es peligroso. Nadie está ganando esta batalla», alertó Abu Ala, que aún no ha recibido una respuesta escrita de Arafat, que se niega a aceptar su renuncia.