Entre Al Qaida y el calimocho
Las tropas españolas en Afganistán se divierten como pueden y Barno, el general jefe americano, sigue sin pistas sobre Bin Laden

Trabajadores afganos descargan ladrillos a las afueras de Kabul
Trece periodistas de medio planeta (de Sudáfrica a Brasil, pasando por España) llegan a las ocho de la mañana al cuartel general de las fuerzas de la Otan-Isaf en Kabul. La organización multinacional mantiene 9.300 soldados desplegados en Afganistán (982 españoles, el Estado que más contribuye tras Alemania) para intentar que los afganos voten este sábado en paz, o más o menos. El acuartelamiento semeja un oásis en medio del escangallado Kabul. Si nos olvidamos de los sacos terreros, de las súperbarreras de protección rellenas de piedras y de las torres de ametralladoras, parece un parque. Se agradece el verdor de tantos árboles añosos, de los que casi no quedan en la polvorienta capital afgana: los talibanes, siempre agudos, ordenaron talarlos para evitar emboscadas insurgentes. El campamento de la Otan dispone además de un lujazo: el único campo de fútbol de hierba de todo el país, un prado-milagro que se reparten las tropas multinacionales y dos equipos aficionados afganos, que no le pegan mal, aunque donde se salen aquí es jugando al volei. En medio del parque se oculta un palacete colonial, sede del mando. Con mucho inglés, mucha proyección de fotos y mucho esta-dística en power-point, un teniente coronel va radiografiando los males y las esperanzas de Afganistán. El inglés del oficial, escuela tira pa diante, nos suena. Toca sacudirse la modorra matinal de este duro país sin café y repasar al orador: pelo negro ya menguado, sonrisa fácil y en el pecho, una rótulo con su apellido: «Meijide». Lo abordamos. ¿Su consejo? Respetar lo que no entendemos. «Aquí ha habido bar-baridades, claro, pero ellos tienen su sistema, su equilibrio interno. El papel de los ancianos es curiosísimo. Si hay que elegir entre salvar a un niño o a un anciano, escogen al viejo. Nosotros haríamos todo lo contrario. Pero ellos piensan que el anciano es una realidad que aporta su experiencia al clan, mientras que el niño es sólo una esperanza». Afganistán a ojos de sorcho Meijide aporta la visión del mando. Contreras, Ayala y Malabia te dan la del soldado español que se ve destinado en Kabul. Son un trío cachondo y perspicaz. Los chavales se encargan de tratar con los obreros afganos que trabajan en la base de la Otan/ Isaf. Su función los ha obligado a hacer, a golpe de mata, un cursillo acelerado de diplomacia islámica: «A las tías no puedes mirarlas bajo ningún concepto. Y con ellos tienes que tener cuidado de no darles la mano izquierda, que es la impura, porque la usan para... bueno, ya me entiendes; y aunque la tengan lavada, es la impura igual. También conviene saludarlos llevándose la mano derecha al pecho y diciendo Shalam. Son muy ceremoniosos». Con Ayala, Malabia y Contreras descubrimos que el top manta arrasa en Kabul. Una vez a la semana, los afganos montan un mercadillo en la base «y te quedas alucinado con los DVDs que venden, pelis recién estrenadas en Estados Unidos, que a España ni han llegado». El topicazo festeiro se cumple. Nuestros representantes son la alegría de la huerta. «Los latinos somos distintos, conectamos más». Como prueba, nos cotillean que tienen muy avanzada la primera Fiesta del Calimocho del acuertalamiento de Kabul. No hay que ser menos que los italianos, «que casi cada tarde montan fiestas de la pizza». Pero el mutuo desconocimiento siempre trae roces. El soldado Contreras cuenta que en una brigada de currantes afganos había uno que destacaba por ser mucho más ducho con la lengua que con la pala. «Le dije que estaba un poquito loco, y casi me come. No sabía que para ellos los locos son seres malditos». La Libertad Duradera de Bush no ha liberado a las mujeres de la burka. «En Kabul, salvo las jovencillas, lo siguen llevando todas. Es su tradición, hay que respetarla». Pero creen que echar a los talibanes fue buen negocio: «Con ellos retrocedieron 500 años en el tiempo. Nuestra misión aquí es muy positiva. Ahora, por lo menos, los críos van al cole y la gente ha ganado algo de calidad de vida».