| Análisis | La democracia balcánica |
Las velas de Gracanica
El boicot electoral de ayer marca el principio del fin de la presidencia serbia
En vez de ir a votar, los serbios de la localidad kosovar de Gracanica, prefirieron encender velas. Querían, seguramente, ser velas de esperanza pero, mientras a su alrededor se completaba un nuevo acto del drama de Kosovo, parecían más bien las velas de un funeral, el de la presencia de su comunidad en este país. Esto era lo que ayer se evidenciaba en las elecciones en Kosovo. Los resultados poco importarán, lo importante es que un parlamento mayoritariamente albanés negociará el estatuto final de Kosovo, ahora en el limbo legal de pertenecer a Serbia pero estar en realidad gobernado por la ONU. Ese estatuto final tendrá que ser, inevitablemente, la independencia, como ya han reclamado los líderes que representan a la mayoría albanesa (un 90%), porque cualquier otra solución intermedia conduciría, sin duda, a más violencia, como sucedió a principios de año. La comunidad internacional lo sabe aunque se resista a aceptar esta lógica conclusión de la aventura que allí inició hace cinco años; y lo sabe también la comunidad serbo-kosovar, en muy gran medida responsable de su actual desgracia. Es por ello que, dejando a un lado la retórica de los observadores internacionales sobre la belleza de la participación democrática, cuando los serbios dicen que no tienen nada que ganar en estas elecciones tienen razón: aún caso de haberse presentado unidos y haber votado en masa, sus poco más de 80.000 votantes no habrían logrado más que mostrar su insignificancia numérica. Deslegitimando el resultado obtienen un provecho político mayor. En todo caso, saben que su futuro no se decidirá democráticamente, sino en función de su capacidad de presentarse como víctimas de los albaneses (lo son, igual que los albaneses fueron durante décadas víctimas suyas). Saben, por último, que su futuro depende de Serbia, y de la capacidad de ésta para asustar a Occidente con una nueva escalada nacionalista. En este sentido, el reparto de papeles en Belgrado ha sido inteligente: mientras el primer ministro Kostunica apoyaba el boicot, el presidente Tadic contentaba a Estados Unidos pidiendo a los serbo-kosovares que votasen, si bien con unas condiciones que delataban una manera de pensar parecida.