Diario de León

| Análisis | Crisis nuclear |

Corea juega fuerte

Publicado por
Miguel Anxo Murado
León

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Corea del Norte ha vuelto a hacerlo. Cuando el mundo esperaba confiado la continuación de las conversaciones a seis bandas (las dos Coreas, Estados Unidos, China, Japón y Rusia) para el desmantelamiento de sus supuestos programas nucleares, Pyongyang acaba de anunciar que abandona la mesa y que, sí, tiene armas nucleares. El discurso de la secretaria de Estado en el que llamaba a Corea del Norte «avanzadilla de la tiranía», supuestamente, habría disparado esta crisis. Muchos analistas han atribuido en las últimas horas este sorprendente comportamiento de Corea del Norte al carácter errático y paranoide de su líder, el dictador Kim Yong Il, quien una vez más estaría jugando a desconcertar. La estrategia norcoreana es sin duda errática, pero lo mismo podría decirse de la norteamericana, que parece indecisa entre negociar, derribar al régimen coreano como ha hecho con el de Irak o incluso, ante la duda, no hacer nada. De hecho, Estados Unidos ha estado maniobrando desde hace tiempo, en contradicción con su política de apaciguamiento, para proceder a un «cambio de régimen». Ya el año pasado puso en marcha un plan que proponía el establecimiento de un gobierno norcoreano en el exilio al estilo de la fallida operación Chalabi en Irak (gobierno liderado por Park Gapdong, nada menos, un personaje todavía menos de fiar que Chalabi). El viaje de la alarma Pero lo que ha alarmado a los norcoreanos es la gira de Michael Green, un enviado de Washington que se ha paseado por Asia mostrando lo que califica de pruebas de que Corea del Norte ha estado facilitando material nuclear a Libia. Esto supondría «casus belli» para la doctrina Bush de tolerancia cero con la exportación de armas nucleares y pondría al régimen de Kim en el punto de mira como sucesor de Sadam en Irak. Esto, y no el discurso de Condoleezza Rice, sería la razón para el arrebato de Pyongyang. Otra cosa es si Corea del Norte habrá calculado bien las consecuencias. Más que a Washington, su salida de las conversaciones es una bofetada a China, que las auspició. La posición china es delicada: no le interesa una península de Corea nuclearizada, pero tampoco un cambio de régimen que condujese a la reunificación de las dos Coreas, con el consiguiente aumento de la influencia norteamericana en la región y la pérdida de mercado frente al engordado tigre coreano. La propia Corea del Sur también está desconcertada: el reconocimiento deja en ridículo su tesis de que se trataba de un farol de sus vecinos exagerado por la Casa Blanca. En cuanto a Estados Unidos, Corea del Norte les estaría forzando también a mostrar sus cartas. Es posible que pronto Washington se vea obligado a reconocer que jugaba también de farol.

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