| Análisis | Dos años después |
Irak, más libre y más peligroso
En el segundo aniversario de la invasión de Irak, ni los éxitos ni los fracasos responden a las expectativas tanto de partidarios como de detractores de la guerra

El joven iraquí Talib Kasim, con su madre y hermano, perdió una pierna en un ataque estadounidense
Dos años después, las «armas de destrucción masiva» han quedado reducidas a una especie de cliché conversacional a veces jocoso, dos años después no se ha producido la temida disgregación de Irak ni el estallido del polvorín de Oriente Medio. Tampoco la democratización que debía surgir como un contagio benéfico de Irak a sus vecinos. En cuanto al propio Irak, los partidarios de la ocupación pueden reclamar como un éxito la celebración de las primeras elecciones multipartidarias de la historia del país, mientras que sus contrarios pueden llamar la atención sobre sus limitaciones y el incierto porvenir de su resultado. Dos años después, Irak es un lugar considerablemente más pobre, ciertamente más libre e indudablemente más peligroso. En definitiva, dos años después, casi nada en Irak es como se esperaba hace dos años. Desde luego, las cosas han salido exactamente al contrario de cómo las preveían los norteamericanos. Hace dos años se esperaba una fuerte resistencia del ejército de Sadam durante la invasión, incluso un Götterdämmerung hitleriano de suicidios y armas de destrucción masiva; pero se contaba con que, una vez barrida la élite baathista, de los escombros del régimen surgiría un pueblo iraquí felizmente liberado y agradecido. No fue así: la temida Guardia Republicana rompió filas desconcertantemente pronto y hasta Sadam, lejos de emular a Hitler, se entregó a sus captores, al menos aparentemente, casi con la mansedumbre de un Gandhi. En cuanto al pueblo iraquí, una parte mucho mayor de la esperada se ha lanzado a una guerra de guerrillas y terrorismo contra los ocupantes que, dos años después, no hace sino crecer. Libertad en el caos Se calcula que la resistencia ronda los 20.000 efectivos, parte antiguos oficiales y soldados de Sadam, parte yihadistas sunníes iraquíes y extranjeros, parte chiíes que, como los seguidores de Moqtada el-Sadr, comparten su rechazo (a medias religioso, a medias orgullo nacional) a la presencia de un ejército extranjero en su tierra. El caos y el vacío de poder les han sumado una miríada de grupos de simples delincuentes que han convertido Irak en una de las peores propagandas posibles que del concepto «democratización» pueda imaginarse. Dos años después, el único logro de ese proceso de democratización son las elecciones del pasado enero y el inicio de un proceso constituyente. No es un logro despreciable en absoluto y, efectivamente, se trata del primer experimento con la libertad de voto en la historia del país. Todavía es pronto para juzgar sus posibilidades, pero al menos ha permitido a la Casa Blanca, después del fiasco de las armas de destrucción masiva, refundar la idea de la ocupación sobre una base teórica más sólida. Aunque también más resbaladiza. Dos años después, tampoco se han cumplido con respecto a los propios Estados Unidos los pronósticos más radicales en un sentido ni en el otro. Un 53% de los norteamericanos cree ahora que «la guerra no mereció la pena» y una amplia mayoría considera los 1.500 soldados norteamericanos muertos un precio intolerable, pero también el movimiento anti-guerra ha perdido fuelle e Irak no se ha convertido en un segundo Vietnam de sentimientos de culpa y deserciones en masa. El «nuevo patriotismo» post-11S distingue entre la crítica a Bush y el apoyo al ejército, incluso cuando lo ve retratado en sesiones fotográficas tan poco favorecedoras como las de Abu Ghraib. Otra cosa es el entusiasmo del propio ejército: si bien no ha habido los 190.000 objetores de Vietnam, 32.000 militares han solicitado el retiro, más de 5.000 han desertado y el reclutamiento ha caído en un 40%. El fracaso de la reconstrucción Dos años después del comienzo de la guerra, sigue sin existir un ejército y policía iraquíes que puedan relevar a esos 200.000 soldados ocupantes. Aunque la Casa Blanca asegura que ha entrenado a 150.000 efectivos locales, los expertos advierten que, de éstos, apenas 10.000 están en condiciones de combatir, o incluso de defenderse. De momento, la nueva policía iraquí sólo logra titulares cuando es masacrada en combate o en atentado. Es considerable su aportación a la incierta cifra de los en torno a 17.000 iraquíes que han muerto en estos dos años a manos de unos u otros. Este fracaso político y militar frente a la insurgencia ha hecho imposible la ambiciosa tarea de reconstrucción y liberalización de la economía iraquí. De los 36.000 millones de dólares que el Banco Mundial consideraba necesarios para ello hace dos años, sólo se han llegado a desembolsar 2.500 millones, la mitad para pagar esa guerra contra los insurgentes. La cuarta parte de los iraquíes dependen de la raciones alimentarias gratuitas, uno de cada dos está en paro y en uno de los mayores productores de petróleo del mundo escasea incluso la gasolina. Hasta esto ha resultado muy diferente de cómo se había imaginado hace dos años, cuando se especulaba con la riqueza que podía fluir como un maná de los pozos iraquíes una vez el país se hubiese liberado de las trabas del régimen de Sadam. Pero es que, en definitiva, nada ha salido como estaba previsto, ni, por desgracia, para bien, ni, por fortuna, para mal.