Diario de León
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Luc Perrot/Christopher Boian - moscú
León

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La revolución kirguí, que brinda gran satisfacción moral a los opositores de los regímenes de los países vecinos, no garantiza sin embargo un cambio en la política de Asia Central. En esa zona, regímenes más autoritarios que el kirguí cuentan con el apoyo de Rusia y de Occidente ante la amenaza islamista. La revolución de Kirguistán podría resumirse apenas en un cambio del equipo de gobierno. Desde luego, la caída del régimen de Áskar Akáyev sin derrame de sangre, tras un movimiento de protesta popular, constituye un evento esencial para Asia central, porque el poder se retiró sin la menor resistencia, algo que nadie creía que pudiera suceder en la región. Así lo cree Alexei Malachenko, de la fundación Carnegie para la paz internacional. Algunos analistas consideran que el régimen kirguí ha sido víctima de la nueva doctrina de democratización promovida por Washington en la ex URSS, que ya alcanzó a Georgia y Ucrania. Pero nada indica que los occidentales hayan desempeñado un papel determinante en estos últimos acontecimientos. Y mientras los nuevos poderes de Georgia y Ucrania imponen una orientación francamente pro occidental en detrimento de la voluntad de Moscú, las nuevas autoridades kirguís advirtieron ya que no se cuestionarán ni las relaciones amistosas con Rusia ni la cooperación con Estados Unidos, que implantó en el 2001 una base aérea en Bichkek. Para los países de Asia Central, las relaciones con Moscú se mantienen inalterables a pesar de que cambiaron de naturaleza tras la independencia de las repúblicas en 1991. En cuanto a Estados Unidos, implantado en la región desde los atentados de septiembre del 2001 y las operaciones en Afganistán, permanece en la zona para incomodidad del presidente uzbeko Islam Karimov, a quien acusa de reprimir la oposición y recurrir sistemáticamente a la tortura. «El régimen kazajo y, aún más, el de Uzbekistán, son más dictatoriales que el de Belarrús, pero Occidente cierra los ojos porque son los menos favorables a Rusia e implican el peligro de la amenaza islamista», subraya el politólogo Vladimir Pribylovski. Los expertos consideran que el poder del presidente Akáyev, conocido por ser el más democrático o el menos tiránico de Asia central, cayó con el asentimiento tácito de Rusia porque era el más débil de la región. En cuando a los régimenes kazajo, uzbeko y turkmeno, algunos están condenados, pero sus caídas serán más sonoras ya que podrían derivar, por ejemplo en Uzbekistán, en regímenes islamistas. Cuando los historiadores intenten un día determinar los responsables del desmoronamiento del imperio ruso, reservarán sin duda una plaza de honor a Vladimir Putin, que ha visto en estos últimos años cómo declinaba su influencia en los países de la ex URSS. Mijail Gorbachov, el padre de la perestroika, es considerado por varios rusos el sepulturero de la Unión Soviética. Y Boris Yeltsin fue para muchos quien subastó en barato las riquezas del país en medio del caos que siguió a la desintegración de la URSS en 1991. Pero el lugar de honor será para Putin.

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