Sacerdote leonés en Nueva Orleans
«Mi única preocupación en el huracán era salvar mi iglesia»
El religioso capuchino, natural de Villapadierna, no ha querido abandonar el área y asegura que se quedará hasta el final de sus días en la ciudad devastada por «Katrina»

El padre Agudo, durante una misa celebrada en su pueblo el verano pasado
Una altísima cruz asoma a través de la cristalera principal de la iglesia de Santa Teresa de Ávila. La furia del Katrina no respeta, y la hermosa vidriera de más de 150 años de antigüedad luce hecha añicos esparcida por el altar y el sagrario. «Y eso que me gasté más de 5.000 dólares en material para protegerla cuando me enteré de que venía la tormenta». El que habla es el padre Agudo, un sacerdote español natural de Villapadierna de León, que desde hace días ocupa las portadas de los medios nacionales. Aún así, ningún medio español había podido acercarse a verlo. Cuando el Diario de León llama a su puerta, la impaciencia se resalta en el religioso: «Menos mal, ya era hora de que llegara alguien a entrevistarme», suspira. Agudo luce pantalones de lino, camiseta interior y deportivas cuando nos dirige estas palabras. El hábito, igual que el resto de sus obligaciones religiosas, lo dejó aparcado desde que el Katrina entró en la ciudad. «Y es que ya no sé ni que día es. ¿Hoy es domingo verdad?», pregunta este sacerdote leonés, que la última vez que pisó su tierra natal fue el verano pasado, cuando celebró con sus paisanos sus bodas de oro como seguidor de Cristo. Afable y conversador Agulo, que lleva desde 1967 en Nueva Orleáns, no parece haberse sentido afectado por la tragedia. «Verás, lo cierto es que aquí el agua no ha llegado. Yo estoy muy bien, pero desde el principio». Asegura que pasó la tempestad únicamente preocupado por su iglesia, donde ejerce como párroco desde 1971, y que ni siquiera los días posteriores sembraron la angustia en él. «Tenía comida de sobra y además tomé algunas precauciones como llenar la bañeras antes de que cortaran el suministro de agua potable». También la ayuda de sus amigos, como un joven africano admirador del párroco, jugó a su favor. «Llegó un día y me trajo toneladas de litros de agua... no sé de donde las sacó, supongo que le robarían. La gente estos días está desesperada», afirma. Aún así, no fue tener los recursos asegurados lo que mantuvo en su casa al padre Agudo, sino una obligación. «Yo tengo una responsabilidad muy fuerte. Debo cuidar de mi iglesia, si me fuera podría ser asaltada y no pienso consentirlo». A sus 76 años, casi 77, el párroco siente verdadera devoción por su hogar espiritual. Mientras se realiza la entrevista su innata locuacidad se acentúa cuando habla de su parroquia. Uno por uno muestra los santos que alberga la nave central. Todos están intactos, sólo un ángel, situado en la parte trasera del altar, ha sufrido daños. «Pero no importa porque pronto lo arreglaré, tengo ganas de volver a trabajar». De momento su única ocupación consiste básicamente en sentarse a la puerta de su casa «hecha por un importante arquitecto alemán», y atender alguna llamada de España. «No me moverían de aquí» «De los medios y de mi familia. Los míos ya sabían que yo no me movería de aquí», comenta. Ni siquiera cuando el cónsul de España se presentó en su domicilio el pasado viernes para evacuar a su compañero, el padre Eustaquio Miguel Domínguez, aceptó la invitación de alejarse del lugar e instalarse en un lugar más seguro. «Él (refiriéndose al padre Eustaquio) sí quería irse, pero yo no. Después de todo este tiempo viviendo en la ciudad sólo deseo terminar mis días aquí». A pesar de las múltiples llamadas que recibe, se hace patente una ausencia significativa en su teléfono, que milagrosamente todavía funciona, el Vaticano. ¿Quién sabe del Vaticano que...?. «A mi los únicos que me contactan son los periodistas», y esboza una sonrisa pícara mientras cierra la puerta de su querida iglesia.