La tragedia tuvo lugar cuando los musulmanes cumplían con el ritual de la lapidación
Más de 345 peregrinos mueren durante una estampida en La Meca
Se trata de la peor avalancha que ocurre en la ciudad saudí en los últimos 15 años
El último día de peregrinación a La Meca para miles de musulmanes volvió a teñirse de negro. Más de 345 personas murieron y otras 289 resultaron heridas en una avalancha humana durante el ritual de la lapidación a las afueras de las Ciudad Santa saudí. «No sabemos aún las nacionalidades porque la prioridad ahora es atenderlos», dijo el ministro saudí de Sanidad, Hamid bin Abdala Al Manei en una rueda de prensa. Al Manei explicó que la causa de la tragedia fueros los equipajes que suelen portar consigo los peregrinos durante la último día del ritual. La tragedia ocurrió a media tarde de ayer en el puente de Yamarat, que da acceso a las columnas que representan al diablo en la localidad de Mina, pegada a La Meca. Al Manei reconoció que es una zona muy peligrosa y anunció que el Gobierno saudí se dispone a ensancharla el próximo año para evitar accidentes como éste. «Me caían los muertos encima» «Yo sólo sé que me caían los muertos encima y tenía las piernas agarrotadas, no paraba de gritar y nadie me oía, hasta que vino un soldado y me sacó de aquel montón de cadáveres», relató el peregrino paquistaní Esham Chan Ali, con su cuerpo lleno de magulladuras. A su lado, camiones frigoríficos cargaban sin cesar cadáveres cubiertos con sábanas blancas, mientras que otros camiones se encargaban de recoger los cientos de equipajes perdidos, entre los que había una silla de ruedas con los ejes torcidos, seguramente destrozada en la estampida. Las autoridades saudíes repetían sin cesar por la megafonía en los idiomas más frecuentes entre los peregrinos que debían abandonar el lugar en cuanto hubieran terminado de apedrear al Diablo. Sin embargo, los peregrinos se trasladaron de un lado para otro con su equipaje a la espalda por miedo a extraviarlo. Mientras los equipos de rescate contaban cadáveres, cientos de miles de personas, ajenas a lo sucedido, seguían subiendo el puente con sus bultos al hombro y las piedrecillas en la mano, resueltos a cumplir con el rito.