OPINIÓN
Putin, el precursor
MÁS ALLÁ DE las reacciones de manual, litúrgicas y esperadas se dibuja lentamente un escenario en el que la decisión de Vladímir Putin de invitar a Moscú a Hamás para hablar de política es percibida como rupturista y potencialmente útil: antes o después, todo el mundo hablará con Hamás. Incluso en Israel hay quien está dispuesto a hacerlo: desde quienes, como Simón Peres, dijeron que lo harían si deja las armas y renuncia al terrorismo, sin precisar mucho las modalidades a seguir, hasta el laborista Danny Ayalon, ex jefe de la seguridad interior (Shin Beth) y almirante en la reserva, quien prevé negociaciones futuras con un Hamás moderado. Ayalon es acaso el miembro más realista y dialogante del establishmnt político israelí y coautor, con palestinos moderados, de una iniciativa de paz gestionada puerta a puerta mal conocida entre nosotros y que merece gran atención. No es difícil suponer que si en Moscú dan a Hamás, como precisaba ayer el ministerio de Exteriores, sabios consejos sobre cómo proceder de modo realista y práctico, nada se perderá con el viaje. Putin sería, pues, una especie de precursor cuya iniciativa podría ser de gran ayuda incluso para Washington, donde una cierta corriente en el Departamento de Estado (y eso está documentado) propone hablar con los islamistas políticos y no sólo en Palestina. La UE también elaboró documentos y sostuvo seminarios al respecto: es difícil y sobre todo estéril ignorar la realidad. La cuestión del reconocimiento de Israel puede resolverse con cierta facilidad con distintas fórmulas: A, reconocer a Israel; B, al Estado de Israel; C, el dere-cho de Israel a existir. La última propuesta es el clásico principio de preparar la pista para el aterrizaje del Hamás en la realidad, desde el hecho poco discutible de que el Estado de Israel existe desde que una decisión de la ONU en 1948 lo creó. Otra cosa es que sólo lo reconocen tres Estados árabes (Egipto, Jordania y Mauritania) y si la decisión fuera sometida a referéndum popular sería revocada. Israel lo sabe mejor que nadie y podría sopesar a su vez si no debería examinar la oferta de la Liga Árabe del 2002: completo reconocimiento contra completa retirada (a las fronteras de 1967). Realismo para todos.