Diario de León

Las oenegés presentes apenas cuentan con medios para ayudarlos y la comida escasea

La desesperación de los desplazados ugandeses provoca olas de suicidios

Huyen de las atrocidades de los rebeldes del Ejército de Resistencia del Señor (LRA)

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Agustín de Gracia gulu
León

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Millón y medio de ugandeses han buscado cobijo en campos de refugiados del norte del país, escapando de la guerra, y ahora viven en unas condiciones que a algunos sólo les motiva buscar el suicidio. Llegaron a los campos de desplazados a partir de 1997, huyendo de las atrocidades que llevaba cometiendo casi diez años el Ejército de Resistencia del Señor (LRA), un grupo rebelde que justifica sus crímenes con principios bíblicos. «Huí de mi poblado porque había un montón de asesinatos», dice Opira Hilary, un catequista de 60 años que vive en el campo de desplazados de Boby, unos 30 kilómetros al sur de Gulu, la ciudad más importante del norte de Uganda. Allí comparte una cabaña con techo de paja que él mismo se construyó en 1998. En Boby las cabañas como las de Opira están tan pegadas que cuando hay un incendio, como a finales del año pasado, el fuego arrasa varias de ellas a la vez. Los pocos baños que hay son una estructura circular de paja, de un metro de ancho. Los organismos de asistencia calculan que 1,5 millones de ugandeses sobreviven en cerca de doscientos campos de refugiados distribuidos por el norte del país. Reciben comida del Programa Mundial de Alimentos (PMA) y su salud es vigilada por instituciones como Médicos sin Fronteras (MSF). Pero las organizaciones que los atienden carecen de medios y fondos, y a veces fallan las energías para luchar contra la negligencia y la corrupción de las autoridades Ezequiel Ochaya, del campo de desplazados de Palenga, cercano al de Boby, tiene suerte porque cerca de donde vive puede cultivar en una pequeña parcela algo de comida para sus cinco hijas y dos nietos. Pero aún así, la comida no es suficiente. «Cada día es peor la situación. Nos falta comida, tenemos enfermedades y cada día hay más inseguridad en los campos», dice Ezequiel, de 65 años, que en el 2001 huyó de su poblado. Desde hace poco, los desplazados ugandeses se encuentran tan desesperados que algunos han recurrido al suicidio, a pesar de que es una medida que es un tabú en la cultura africana, según la encargada de MSF/España en Uganda, Amaia Esparza. El suicidio de algunos de los pobladores comenzó por una serie de problemas de salud mental de los refugiados que se unen a males tradicionales como el cólera, las diarreas, la tuberculosis y el sida. Veinte años de guerra La guerra que lanzó el LRA hace casi veinte años, con unos métodos de lucha que incluyen el asesinato de civiles, la mutilación de sus miembros o el secuestro de decenas de miles de niños, ha logrado aterrorizar a los pobladores del norte de Uganda. A pesar de que el Ejército asegura que el final de la guerra está próximo, son muy pocos los que se fían y salen de los campos. Algunos creen que el Gobierno de Yoweri Museveni, en el poder desde 1986, es el menos interesado en desalojar los campos de desplazados, porque mientras siga así la situación el LRA tiene lejos su base de apoyo. El Gobierno insiste en que está comenzando a descongestionar los campos pero el ritmo va muy lento, y para muchos, ya son casi diez años viviendo de la caridad.

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