Inglaterra: De Stalin a Míster Bean
El superhéroe veraniego y en la actualidad «Premier» británico, Gordon Brown, ha sido capaz de deprimir en pleno otoño al país y al laborismo por una cadena de calamidades
El nuevo primer ministro británico, Gordon Brown, ha perdido el dominio de la agenda política en una cadena de tropiezos, errores administrativos y sospechas de corrupción que han devuelto al laborismo a la zozobra que tenía en la última etapa de Tony Blair, antes de que su esforzado ministro tomase el mando, en junio, y fuese inicialmente aclamado como un líder con sustancia. La revista satírica Private Eye caricaturizó inmediatamente a Brown como presidente de un país de la vieja Europa del Este. Si en la época de Margaret Thatcher, el protagonista de la sátira de la revista sobre el ocupante de 10 Downing Street era su marido, Dennis, escribiendo cartas dipsómanas a un amigo, con Blair llegó la hoja parroquial de un ambicioso e iluminado cura de pueblo. Ahora, Private Eye se ríe de la rigidez retórica de Brown y de su afán de presentar lo que dice como una ortodoxia irrefutable con unos hinchantes «Decretos de la Jefatura de Gobierno». En el verano, entre riadas y nuevos brotes de fiebre aftosa, asomó incluso un culto a la personalidad del líder supremo. Las alarmas imprevistas permitieron al estajanovista Brown el gozo de interrumpir sus vacaciones y regresar al puesto de mando. Los boletines de la BBC informaban puntualmente de que el primer ministro presidía los correspondientes comités de emergencia. Su afectada dedicación bordeaba el exceso de celo. Pero tal era su popularidad que los laboristas airearon la posibilidad de convocar unas elecciones anticipadas. Brown esperó a que terminase la temporada otoñal de las conferencias de los partidos para anunciar que no habría comicios. El horizonte se despejó hasta 2009 y todo comenzó entonces a torcerse. Nunca en el último siglo hubo en Reino Unido una crisis en torno a un banco como lo sucedido en torno a Northern Rock, una caja de ahorros especializada en préstamo hipotecario. El sustituto de Brown en el Ministerio de Hacienda, Alistar Darling, tuvo que ofrecer la garantía gubernamental de los depósitos para detenerla. A la nacionalización de hecho no le ha seguido la de derecho y hay temores sobre el tamaño de las pérdidas en los préstamos del Banco Central cuando Northern Rock encuentre comprador. El milagro económico de Brown quedaba entre paréntesis por la crisis del banco y la incertidumbre sobre lo que se avecina. Pocos días después de que se descubriera que escapes de los laboratorios del Estado contaminaron con fiebre aftosa a granjas vecinas, una agencia gubernamental reconoció que daba por perdidos en el correo dos discos compactos con datos personales y bancarios de millones de receptores del subsidio a la infancia. En fin, que la prensa pusilánime pidió a Brown que no acudiese como espectador a un partido decisivo de la selección de fútbol de Inglaterra, alegando que traía mal fario. El escocés Brown no fue, Inglaterra perdió y todas las elecciones británicas de fútbol fueron eliminadas de un campeonato europeo. Inmersos en depresión deportiva, los británicos descubren ahora que un constructor ha dado cerca de un millón de euros a los laboristas en los últimos cuatro años a través de personas interpuestas. Y que su líder en Escocia, Wendy Alexander, aceptó una donación de una persona residente en un paraíso fiscal. Ambas cosas son ilegales según la legislación introducida por los laboristas. Brown ha prometido devolver el dinero, ha encargado una investigación a un juez y a un obispo jubilados, y ha prometido la reforma del sistema de financiación de los partidos. La policía también investigará si hay delitos. El conservador David Cameron dijo este domingo que no se puede creer que Brown no supiera nada. El episodio no ha hecho más que empezar y ya se ha cobrado la dimisión del secretario general del partido. Vincent Cable, de los Liberales- Demócratas, fue jaleado en los Comunes cuando describió lo ocurrido como la extraordinaria transformación de Gordon Brown de Stalin en Míster Bean, un antihéroe que, allí donde va, fomenta el caos.