CURIOSIDADES
Adiós al aceite de casa
Ignoro si los ferroviarios siguen refiriéndose al tren como «convoy»; los convoyes de barcos son cosa de la II Guerra Mundial; y, dentro de nada, el clásico convoy con aceitera y vinagrera, será un recuerdo refugiado, como mucho, en el ámbito doméstico.
La Unión Europea, empeñada en garantizar la salud de los ciudadanos, ha decidido prohibir las clásicas vinagreras, porque no es partidaria de que se sirva a los clientes de un establecimiento hostelero un aceite sin padre conocido. Así que habrá que facilitar al comensal una botella debidamente etiquetada o un envase monodosis, del tipo de los usados en las cafeterías para la mantequilla o mermelada del desayuno.
A esta medida de este lado del Atlántico se sumará en breve la decisión del gobierno de México de prohibir que en las mesas de los restaurantes haya un salero, porque los mexicanos tienden a la hipertensión y con la sal ya se sabe que la tensión sube.
Todo tiene su lado bueno y su lado malo. Uno, que aunque no estuvo en París en mayo del 68 lo vivió como universitario a este lado de los Pirineos, es de los que apreciaron el «il est interdit d’interdire» (prohibido prohibir) de aquellos días. Pero no va a llorar por la desaparición del convoy ni de los saleros. No pasa nada.
La cocina moderna había desterrado ya los saleros y las aceiteras. Los platos venían debidamente aliñados y sazonados de la cocina. Vamos, que no me imagino a nadie pidiendo un salero en «El Bulli». Ni siquiera creo que figurasen en el ajuar culinario de Ferran Adrià; yo, al menos, no vi ninguno las veces que estuve allí. Tampoco era cuestión de modificar un aliño perfectamente estudiado. Vale: había gente a la que lo que le pasaba es que no se atrevía. Pero, en general, no hacía falta. Así que no me preocupa lo del salero. Si usted encuentra algo soso, lo pide y santas pascuas. Lo de la aceitera... es harina de otro costal. Está claro que quiero que el aceite que se suministra a los comensales tenga DNI, que me expliquen de dónde viene.
El problema es que, ya puestos, me gustaría que el restaurante me informara de qué aceite usa en la cocina. Porque aún recuerdo las cajas vacías de aceite de orujo de aceituna que cada noche se almacenaban a la puerta de un muy famoso restaurante madrileño especializado en frituras de pescado y cerrado hace varios años...
Me parecerá bien que se suministre al cliente, a su petición, una botella de aceite, de esas de medio litro o menos, para que se sirva. El botellín individual me preocupa más: alguien lo va a tener que pagar, y de lo que estoy seguro es de que, aunque protesten, no van a ser ni los aceiteros ni los mesoneros. Lo pagará... el de siempre: el cliente.
Y los envases monodosis que no sean de cristal... lagarto, lagarto. No me parece bien que añadamos más plástico a la basura cotidiana. Y esos envases son de plástico, lamentables para la cosa ecológica. De modo que vestimos a un santo para desnudar a otro.
Pero veámoslo desde el lado bueno. La desaparición de un anónimo «aceite de la casa» puede traer las mismas positivas consecuencias que tuvo el final del no menos anónimo «vino de la casa»: los consumidores aprenderán, como ha sucedido con el vino, a especificar qué tipo de aceite prefieren, si uno de picual, de arbequina, de hojiblanca... Y todo lo que sea ampliar conocimientos sobre lo cotidiano es, no lo duden, buenísimo.
Caius Apicius
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