Desafío en los cañones de Luna
En pleno corazón de las montañas de Luna se encuentra el barranco de Cacabillos. León al sol se ha atrevido a internarse por el curso de este arroyo y descender sus cascadas hasta la población de Caldas de Luna.

Preparando el equipo para comenzar el descenso del barranco de Cacabillos.
En un paisaje impresionante de montaña y bosque de roble, se encuentra el pequeño pueblo de Caldas de Luna, el último de la provincia de León antes de internarse en tierras asturianas. En el balneario de esta población esperan tomando un café Pedro y Borja, que serán nuestros guías de Guheko en esta expedición al barranco del arroyo de Cacabillos.
Tras conducir unos pocos kilómetros por una carretera de tierra y cruzando oscuras galerías, aparcamos en un pequeño terreno junto a la entrada del túnel del Negrón. Y es que parece sorprendente como a escasos metros de esta transitada autopista se pueda encontrar uno de los accidente geográficos más sorprendentes que esconde la comarca de Luna. Todavía hay que caminar una media hora para alcanzar el punto de inicio.
A medida que se asciende por la ladera de la montaña el ambiente se vuelve más bucólico. La frondosidad de la vegetación casi impide que la luz se cuele al camino. Avellanos y robles son los protagonisas y con un poco de suerte, uno puede ver un corzo corriendo para esconderse entre la maleza. Cuando por fin culmina la montaña puedes contemplar el pequeño valle de La Braña de Luna, y justo donde comienza el barranco, las cabañas de pastoreo de El Paso.
En la entrada del barranco nos vestimos con el neopreno, unas buenas botas para evitar resbalar y un casco para rehuir golpes innecesarios en la cabeza. Tras una breve clase de iniciación al rappel nos metemos en el arroyo. Fuera hace calor, pero dentro el agua congela hasta el pensamiento.
El camino resbala, ya que es un terreno un tanto particular, como uno de los tantos que invaden la geografía leonesa. Los barrancos se han abierto paso en lugares donde abunda la piedra caliza, ya que el agua erosiona con gran facilidad este material. Pero el caso de Cacabillos es distinto. Está en un terreno de piedra de granito, convirtiendo el lecho del río en un suelo totalmente deslizante.
El agua apenas alcanza las rodillas, aunque se camina con cierta dificultad. «Lo mejor es caminar por encima de las piedras con musgo, ayudan a evitar resbalones», comenta Pedro. De vez en cuando aparecen pozas que tenemos que cruzar nadando, pero en algunas zonas de este tramo optamos por pasear por la orilla.
El neopreno asfixia y produce tanto calor que apenas es soportable fuera del agua. Las botas están encharcadas y algunos resbalones nos han producido ya alguna que otra caída, pero sin graves consecuencias.
De repente aparece una pared enorme y gris delante de nosotros. Será aquí donde comience la parte más emocionante del descenso del barranco. Pequeños toboganes de agua y piedra dan paso a reducidas pozas de cierta profundidad. Es lo más parecido a un parque acuático, aunque sin agobio de gente y en pleno contacto con la naturaleza. Solo se oye el sonido del agua, y, aunque está cristalina, no alcanzamos a ver ningún animal acuático que habitara en estas zonas.
Caminamos o nadamos unos minutos dentro del río hasta que aparece una cascada que no supera los cinco metros de altura, que enlaza con otra de altura similar. El vértigo comienza a aflorar. Comenzamos a rappelar y ya no dejaremos de hacerlo en todo lo que queda de trayecto.
El paisaje parece sacado de alguna superproducción americana como El Señor de los Anillos . Cascadas de agua en una pared casi vertical perfectamente escalonada. Pedro, comenta que comprende como han surgido las leyendas de las xanas por estas tierras. «Solo hay que ver dónde estamos», se reafirma el guía.
Son unas dos horas de descenso de rappel, de salto de cascadas y de deslizarse por toboganes. Cuanto más descendemos, las pozas son más profundas, aunque el nivel del agua nunca superará el metro setenta. Pequeños árboles se abren paso poco a poco en la montaña. Tras unos cinco descensos aparece un pequeño obstáculo. Una roca que se ha desprendido hace tiempo ya ha formado un estrecho paso no apto para claustrofóbicos. Ésta es la señal de que el barranco está cerca de su fin.
La montaña va dejando paso al bosque y, tras la última cascada, aparece una gran piscina natural, con cueva propia.
Los árboles caídos y la vegetación estrecha el curso de Cacabillos. A partir de este momento el camino se hace saltando de piedra en piedra, ya que el lecho del río es demasiado deslizante como para poder caminar dentro de él.
De las profundas pozas a este tramo el nivel de agua ha descendido tanto que parece un riachuelo. Queda en el recuerdo la majestuosidad de esas cascadas en ese escalonado barranco.
El sol brilla en lo alto y sabemos, con cierta tristeza, que el camino ha terminado. Poco faltará para que nuestros guías decidan salir del agua y tomar un camino de tierra.
En la lejanía se oye algún coche a gran velocidad que se interna en el Negrón y el mugido de las vacas de los prados colindantes al que está aparcado el coche. Una verja caída señaliza el final del camino acuático.
Con los neoprenos pegados al cuerpo y las botas llenas de barro recorremos los escasos metros que nos separan de nuestro destino. Hay una gran montaña de piedra suelta a nuestra izquierda. Son los restos que formaban las entrañas de la montaña antes de la construcción del túnel que une Asturias y León. Todavía se pueden ver algunos pequeños cajenites de hormigón donde se guardaba la dinamita para abrirse paso en la montaña.
El barranco queda a las espaldas y frente a nosotros reaparece la autopista. La aventura ha terminado aunque nos llevaremos ciertos souvenires de la aventura. Unos cuantos cardenales que invaden nuestro cuerpo.
pablo guerra nicolás
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PRECIOS
A partir de cuarenta euros por persona
SALIDA
Desde la cafetería del balneario de Candas de Luna