Los huertos más ansiados
Los huertos de ocio de La Candamia son ahora un vergel en el que crecen tomates, calabacines y hasta frambuesas y moras. Los horticultores esperan una media de cuatro años para conseguir su terreno de 68 metros cuadrados. Entradilla 2 3 4 líneas

Los huertos de La Candamia arrancaron hace casi 20 años con 75 parcelas y ya son todo un referente con cerca de doce mil metros cuadrados de superficie cultivada.
Ángel Aller no sabe si el año pasado recolectó 300 o 400 kilos de patatas. Su amigo Enicesio Martínez, también es horticultor en los huertos de La Candamia. Él calcula que el año pasado consiguió veinte kilos de tomates, 150 puerros, una veintena de berzas, cien lechugas, 30 kilos de habas verdes, cincuenta cebollas de verano y otras tantas de invierno y unos 30 kilos de patatas, «y flores no planto porque no son productivas», explica. Frente a ellos, el octogenario Balbino Presa, que fue uno de los primeros en empezar a trabajar en 1995 su pequeño huerto de ocio y ahora, cada vez que va a visitar a su nieta a Edimburgo, le lleva alguno de los frutos que ha conseguido «en el jardín del abuelo», como llama la pequeña Elena al terreno que cultiva y en el que crecen sabrosas guindillas, tomates y un hermoso rosal.
Los huertos de La Candamia arrancaron hace casi 20 años con 75 parcelas y ya son todo un referente con cerca de doce mil metros cuadrados de superficie cultivada. Cada uno de los 176 horticultores actuales cuenta con 68 metros cuadrados en los que sólo puede cultivar verduras, hortalizas y flores de forma ecológica. El coordinador de los huertos, Francisco Álvarez, explica que la titularidad es del Ayuntamiento de León y que la selección de los beneficiarios se realiza por estricto orden de inscripción. Para poder optar a ellos, los horticultores deben pagar una cuota anual de poco más de 20 euros y estar empadronados en León al menos un año, haber cumplido los 65 o tener una jubilación, prejubilación o invalidez. Actualmente, hay una lista de 163 personas pendientes de conseguir uno de los codiciados huertos, que tendrán que esperar una media de entre cuatro y cinco años.
El berciano Francisco Pérez es ha estado cuatro años esperando a lograr su pequeño terreno. En su primera campaña ya ha recogido lechugas, guisantes, judías verdes.... «Mi mujer está encantada», comenta tras explicar que para combatir el pulgón «sulfato con leche desnatada». No sabe cuál es el motivo porque el la leche, que tiene que ser desnatada, acaba con el incómodo bicho, pero cumple con los requisitos ecológicos que manda la ordenanza del Ayuntamiento. «Aquí se apuesta por recuperar tradiciones como matar el pulgón con ajo o ortigas maceradas o plantar albahaca al lado de la tomatera, además de la rotación y la asociación de cultivos», explica Francisco Álvarez, quien apunta que actualmente desde el Ayuntamiento se está promoviendo el uso del riego por goteo, para ahorrar costes, ya que es uno de los mayores desembolsos municipales en los pequeños huertos de La Candamia. «Se aconseja que cambien el sistema de riego, porque se produce más y es más cómodo, pero ellos están acostumbrados a regar a manta», indica. Hace cuatro años que se comenzó a implantar este sistema y tan sólo ocho de los 176 horticultores ha pagado los 160 euros que tienen que desembolsar para la instalación por goteo.
«La mayoría vienen andando y así, además del ejercicio físico, consiguen productos sanos y saludables, cultivados de forma ecológica», resalta el coordinador de los huertos. Ismael Robles sólo usa el coche cuando tiene que llevar a su casa muchas verduras. Andando o en bici, así suele llegar hasta La Candamia. Ahora está pasando el verano con su mujer Amada Blanco en su pueblo, en Fresnedo de Valdellorma, y una vez a la semana bajan a León para cuidar de su huerto. «Parece que vienes y no tienes que hacer, pero siempre hay algo», señala mientras posa en el suelo el saco con calabacines y las bolsas con lechugas.
Los pioneros
Él también fue uno de los primeros que comenzó a cultivar su terreno en 1995, antes de que llegara la ordenanza del 2010 que contempla que los horticultores pueden usar las parcelas durante un periodo de tres años, prorrogables a diez. Entonces se permitió a los 75 pioneros que usaran sus huertos de forma vitalicia y ahí continúan. «Lo dejaré pronto, porque ya me canso, lo que pasa es que mientras estás aquí tienes un lugar en el que pasar el rato y no quedarte sentado todo el día en el sofá», apunta Ismael Robles, de 82 años, mientras su mujer Amada Blanco asiente con la cabeza.
Los horticultores precisan que no se ahorran mucho con lo que sacan del cultivo de sus huertas y todos valoran el ejercicio físico que hacen y el sabor de los buenos productos, con los que también hacen conservas de pisto o salsa de tomate, como las que estuvo «fabricando» esta semana Enicesio Martínez con su mujer. Para la mayoría, acudir a sus pequeñas parcelas es como una necesidad diaria, un lugar en el que seguir ocupados y ociosos mientras se dedican al cuidado de sus frutos. «Me he escapado ahora por la mañana, porque tengo gente en casa y por la tarde no podré venir», dice Balbino Presa, que desde que se jubiló tras toda una vida como panadero aprovecha a dormir las mañanas y cuida fielmente de su huerto por la tarde; tanto esmero le dedica que a veces pierde hasta el último autobús. Bajo el rosal, al lado de la pequeña caseta para guardar los aperos, coloca unas sillas y con una empanada y unas cervezas es el hombre más feliz merendando con su mujer, sus hijas o su nieta mientras ve cómo crecen sus tomates. Ahora que su vecino de huerto no está, le riega su parcela. «Yo, cuando llegué hace veinte años no sabía lo que era un huerto y ahora, fíjate, muchos me preguntan a mí», comenta orgulloso.
A. Calvo