Diario de León

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El Solito Trovador, también conocido como Carlos Huerta, se fue de viaje por Europa solo con su acordeón.

Carlos Huerta posa ante uno de los puentes de Venecia durante su viaje.

Carlos Huerta posa ante uno de los puentes de Venecia durante su viaje.

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A Carlos Huerta quizá le conozcan por alguna de estas facetas: su proyecto musical Solito Trovador, la labor poética que ensalza en muchos recitales o como uno de los dos componentes de Luziérnaga Teatro, con quien actuará el próximo domingo 24 en Astorga. Su entorno sabe también del viaje que emprendió hace casi un año por algunos países europeos, armado sólo con su acordeón y los enseres necesarios para la supervivencia. Hoy lo cuenta para León al Sol.

El verano apuraba sus últimos momentos en las tierras del Bierzo. La situación personal de nuestro protagonista pedía a gritos un cambio. «Era el momento», asegura, «quería hacer como una gira promocional de mi disco, ‘Un velero a la deriva’», sacado al mercado bajo su pseudónimo artístico. Así, sin nada planificado, partió a la aventura por Francia, Suiza, Italia y Eslovenia, con previa parada en Jaca (Aragón) durante una semana. En total, tres meses de expedición invernal en algunas de las zonas más frías del viejo continente. «Mi familia está acostumbrada a que haga cosas así. Ahora con WhatsApp estamos más comunicados y casi saben más de mí que cuando estoy por León», relata, «y no tener nada organizado hacía que no saliese mal». Su particular odisea se trataba más de un recorrido interior para redescubrirse a sí mismo que en una mera cuestión turística.

A nivel práctico, «resulta más fácil tocar en la calle en Europa que aquí. En Suiza, por ejemplo, pides el permiso, lo pagas y está todo regulado. Italia era más caótico, no era necesario solicitar autorización. Como pasé de uno a otro por ese orden, el cambio fue notable. En el primero estuve en casa de una pareja joven con una niña: me vieron tocando en la calle y me llevaron a su casa. Pensaba que iba a ser todo muy solitario y fue todo lo contrario. Conocí a mucha gente». Así fueron los alojamientos, entre hospitalidad ajena y ‘couchsurfing’; los desplazamientos, autoestop y BlaBlaCar.

Y, claro, un periplo en clima tan frío sólo podía traer anécdotas nevadas. «La única vez que cogí un billete fue entre Lausana y París. ¡Nos quedamos unas cuatro horas estancados! La gente salía del tren a caminar y la nieve les llegaba por las rodillas. Ahí me di cuenta de que lo mejor era continuar como había ido. También se trata de una manera de ver las cosas en general, la vida», explica. Optimismo de la mano de la fuerza del sino: «Cooperar activamente con lo inevitable», enuncia Huerta.

Maje Muñiz

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