Toda una fortuna tras los barrotes

Área en la que se produjo el encuentro entre la víctima y las personas acusadas de acabar con su vida.
No parece a priori que la intención directa fuera acabar con su vida. Roberto Larralde mantenía una relación un tanto complicada con la que legalmente era todavía su esposa, aunque en la práctica los altibajos eran constantes. «Lo dejaban y volvían cada dos por tres», afirman los que les conocían.
Pero fue la definitiva. El joven, un albañil de 37 años de edad, encontró la muerte en una mezcla de infortunio y casualidad, que de fondo según la investigación, sitúa a un potente empresario, a dos trabajadores suyos, a la ahora viuda y a un contacto, como integrantes de la trama que acabó con la vida del ex boxeador, la misma noche del 13 de septiembre cuando desapareció, aunque su cadáver no se hallara hasta el día 18 de septiembre en un vertedero de Santa Olaja de la Ribera.
La que fuera esposa del finado, camarera de una cafetería de La Lastra, había entablado una relación muy cercana con un acaudalado empresario, propietario de un rentable negocio de explotación de maderas situado en el norte de la provincia, y se quejó del trato que recibía en casa.
No hizo falta que pidiera un escarmiento para su marido, que había sido objeto de al menos dos denuncias policiales por violencia de género. Su nuevo amigo se encargó telefónicamente de todo desde Madrid según los investigadores, y mandó a dos de sus empleados a dar un susto a la víctima.
Generoso en los bares, heredero de una empresa que producía muy importantes beneficios gracias a la explotación del negocio de la madera en la provincia, había conseguido extender su ámbito de actuación a Burgos, Palencia y Soria. Desde el año 2007 se le adjudicaron numerosos concursos públicos de la Junta de Castilla y León, algunos como el que se reproduce en estas página, por valor de casi 100.000 euros.
Altísimo nivel de vida
Por eso podía permitirse un altísimo nivel de vida, con una flota de coches de lujo de primera gama y especial predilección en los bares por invitar a sus amigos y por hacerse querer entre sus acólitos. Pero no todo era de color de rosa en su vida. De alrededor de 40 años y casado, el mismo día que lo arrestaron se presentó horas más tarde en sus oficinas un funcionario de la administración de justicia de su comarca para notificarle una demanda por estafa presentada por una empresa de Palencia. La policía sospecha igualmente que no todos sus ingresos estaban claros, pero la investigación sigue abierta.
Casada y con dos hijos, la esposa de la víctima había llegado a León procedente de Bilbao. Su empresario amigo había comprado un apartamento en las inmediaciones de la zona en la que ella trabajaba. Fue la propia joven una de las personas que denunció a este periódico la desaparición de su marido, pero nunca se identificó como su esposa ni lloró, como sí hacía buena parte de la familia, aunque mantuvo gesto de preocupación en la conversación con este medio.
Una llamada telefónica a través de un contacto. Una cita para hablar. Teóricamente, se trataba de transmitirle el mensaje de que dejara en paz a la muchacha. O por lo menos era la intención inicial. Una discusión que subió de tono y una pelea. Uno de los empleados del empresario, conocido entre la policía y los habitantes de la comarca por un mote muy peculiar, sacó el arma y disparó, siempre según la investigación. Del traslado del cadáver a un punto más discreto se encargó el otro empleado, que ya había sido víctima de una condena penal en Francia por tráfico de estupefacientes. Y el tiempo hizo el resto.
Ahora, la complicada instrucción judicial trata de atar cabos y de determinar si esta teoría de la investigación fue la realidad en la práctica.