cuentos de agosto
Lo que nunca le dije
LO QUE NUNCA LE DIJE es la narración más antigua de Fidalgo y aparece ahora con una nueva ilustración de Albares. Se trata de un cuento de emboscados y podría haber ocurrido en cualquiera de los pueblos de montaña de León, en los días oscuros de la Guerra Civil..
De El país de las nieblas, publicado por el Instituto de Estudios Bercianos en 2005. Relatos de Fidalgo con ilustraciones de Albares.
Dile a Yolanda que el día que morí pensaba en ella. Por tus muertos, díselo, que quiero que lo sepa. Dile, por favor, todo lo que no me atreví a decirle. Dile que me hubiera gustado volver a verla.
El aire hizo extraños dibujos con las nubes aquel día. Tú no te fijaste, pero yo ya intuía que algo nos pasaría porque las nubes no se estaban quietas. Se descomponían y volvían a juntarse. Emergían del horizonte y desaparecían, y todo en cuestión de segundos, como si tuvieran prisa en pasar por encima de nuestras cabezas.
El viento me dijo que iba a morir mientras sacudía las copas de los árboles. El viento me lo dijo cuando peinaba los escobales y barría las piedras de las sendas para limpiarnos el camino. Me dijo que la muerte me esperaba en la espesura, pero yo pensaba en ella y aparté de mis oídos aquella advertencia.
Dios quiera que no hayas muerto tú también y puedas decirle a Yolanda que la tenía en la cabeza, que la imagina mientras me sonreía o me miraba muy seria, que me preguntaba qué estaría haciendo, si ella pensaría en mí como yo pensaba en ella. Recuerdo, aún después de muerto, lo largos que eran sus cabellos, largos como las noches de invierno en la sierra, largos como nuestra espera.
Tú desconfiabas de ella. Me decías que no era de fiar, que en algún momento se asustaría, que no la viera tan a menudo. En realidad, no hacíamos nada más que hablar y a veces paseábamos si no era muy tarde y el frío encerraba a todos en las casas. El frío y el miedo a ver demasiado. A mirar donde no debían. Después me reunía contigo y nos íbamos ladera arriba. Atravesábamos la misma espesura donde me esperó la muerte el otro día y aún transcurrían varias semanas antes de que te decidieras a bajar de nuevo al pueblo para comprobar qué tal les iba a tus padres. Como te enterabas de que alguien les había molestado, llamabas a la puerta de su casa, siempre de noche, y le enseñabas la pistola. Luego te marchas sin decir nada.
Siempre fuiste un hombre de pocas palabras. Por eso te pido que hagas un esfuerzo y le digas a Yolanda lo que yo no le he dicho. Que me hubiera gustado murmurar su nombre antes de morir, pero todo sucedió tan deprisa que cuando quise mover los labios ya los tenía quietos, abiertos por la sorpresa, y no hubo forma de que dijeran nada.
Tú me decías que tendríamos que ser más precavidos, que bajar al pueblo se estaba convirtiendo en un peligro, que teníamos demasiados enemigos. Yo apenas te escuchaba porque pensaba a todas horas en ella, pero creí entenderte que aquella sería la última vez que recogíamos comida o ropa de abrigo sin que fuera de noche. Y después, eso sí que lo escuché, dijiste que me olvidara de pasear por el pueblo con Yolanda. Que era un riesgo innecesario. Y que no le contara nada.
Yo ya le había contado lo solo que vive uno en el cerro y el frío que se pasa. Cuánto echaba de menos mi casa y cómo me había cambiado la guerra. Le había hablado de los compañeros muertos, de los amigos presos. Le había hablado del frente y de la metralla. Del dolor, del odio que nos iba creciendo. Del miedo que nos paralizaba a veces, cuando el fusil pesaba una tonelada en las manos. Le había explicado cómo siseaban las balas y los obuses, cómo pasaban por encima de nosotros igual que pasan las nubes cuando el aire las arrastra y dibuja el cielo de garabatos blancos.
Y le había contado de qué forma nos fuimos tú y yo de aquel infierno cuando no tuvimos otro remedio que huir o rendirnos al enemigo. Le había dicho que viajábamos de noche por los caminos y que nos escondíamos la mayor parte del tiempo.
A mí me hubieran cogido enseguida, pero iba contigo y tú sabías esquivar las columnas de soldados, las patrullas apostadas en todos los cruces. Sabías con quién hablar, de quién podíamos esperar algo de ayuda cuando llegábamos a un pueblo y de quién no. A qué puerta llamar de noche.
Me hubiera gustado hablar de otras cosas con Yolanda. De ella y de mí. Los últimos días antes de morir me despertaba de noche y maldecía la guerra. Después caía en la cuenta de que sin la guerra no la hubiera conocido nunca. Y me resultaba imposible conciliar el sueño en aquella chabola de pastores donde solíamos refugiarnos. Me hubiera gustado decirle tanto y ahora sólo te tengo a ti de intermediario.
Espero, por favor, que hayas sobrevivido, porque si no, Yolanda no sabrá nunca que el día en que morí pensaba en ella. Lo hacía cuando nos detuvimos a descansar antes de cruzar la espesura que rodea al pueblo, el viento ya me decía que iba a morir, aunque no quisiera oírle, y tú insistías en que era el momento de que buscáramos a otros compañeros. Que había muchos más como nosotros escondidos en los cerros.
Nos levantamos. El viento me hablaba y no le hice caso. Tú me aconsejabas que me olvidara de Yolanda y tampoco te escuchaba. No escuchaba nada. Quizá por eso no oí los disparos. Ni tus gritos. Seguro que fue eso lo que hizo que aún caminara algunos pasos más, hasta que me alcanzaron y caí ensangrentado entre los helechos.
Intenté decir su nombre antes de morir, pero todo sucedió tan deprisa que no tuve tiempo de nada. Ni siquiera vi donde te escondías. Espero que estés vivo y que sepas leer mis palabras cuan?do se levante el aire en mitad del bosque este invierno. Espero que sepas decirle a Yolanda todo lo que nunca le dije, aunque ya no sirva de nada.
Por lo demás, va siendo hora de que me calle y me sumerja en el follaje, que los muertos no hablan.