Un arma cargada de futuro
Los becarios que aparecieron en la redacción de este nuestro querido Diario con la firme convicción de cambiar el mundo se van hoy con la sensación de que ha sido este quien les ha cambiado a ellos y la esperanza de que vuelva a querer imprimir su firma

Querido Diario (de León):
Un idealista Alfredo irrumpe en un escenario abarrotado para reivindicar la existencia de una profesión libre y altruista, ese mismo que minutos después le costaría la vida.
Realizando un paralelismo entre la visión del teatro realizada por el personaje que interpreta Óscar Jaenada y la que posee una servidora sobre la profesión que un título avala, me es inevitable recordar la escena en la que un profesor pregunta a Alfredo por qué quiere dedicarse a la intepretación. Él, con la misma ilusión e inocencia con la que encaré yo la carrera que, espero, se convertirá en mi pan, confiesa que es «porque quiere hacer algo por él y por los demás, porque cree que sirve para comunicarse entre los seres humanos, porque puede ser un camino hacia el entendimiento y hacia la comprensión» porque le encantaría «cambiar este punto mundo». Y porque, como yo, aún cree que se pueda.
El periodismo me ha enseñado en estos dos meses de prácticas su vocación de revolución, de tortazo de realidad, de vía para el cambio de una sociedad cada vez más dormida, de futuro para aquellos a los que han anunciado la inexistencia de luz al final del túnel.
La cabecera en la que una servidora firma me ha demostrado también que hay otra forma de hacer las cosas, que se puede creer en uno mismo, que todo lo que propongas será útil, siempre y cuando sepas venderlo para que, una vez más, el cruasán no nos gane la eterna lucha.
Hoy, día en que escribo mi nombre por última vez entre estas páginas de diario, me viene a la mente esa canción que canta el hombre de barba espesa y corazón rasgado: «Ojalá me quieras libre, ojalá me quieras». Porque a ti y a la profesión que te ejecuta os querré en todas las palabras que no huelan a tinta recién impresa, en todas las margaritas deshojadas a la espera de una respuesta afirmativa ante mis ganas de volver a escuchar las risas cómplices de una reunión de contenido, la petición desesperada de maquetación, el aire a todo pulmón respirándonos en las sienes, las puertas de un segundo hogar esperando mi esperanzada llegada.
Miriam Badiola