JAVIER GÓMEZ EMPRESARIO DEL AÑO DE LA FELE
«Sé lo que quiero y lo que no. Y soy muy disfrutón»

Javier Gómez, entre los clientes a los que mima en su Camarote Madrid. F. OTERO PERANDONES
MARÍA J. MUÑIZ | LEÓN
La vida entera vista desde la barra. Y desde fuera. Porque este torero sabe lidiar con igual entusiasmo a los dos lados de la barrera. Una sonrisa contagiosa y una generosidad que la fortuna le devuelve cada día en forma de clientes fieles. Ahora un premio como Empresario del Año 2016 de la Federación Leonesa de Empresarios (Fele) que recibe esta noche y que todavía le sorprende. Tanto como las felicitaciones y abrazos que sigue recogiendo a puñados. «Creo que la gente se alegra de verdad. Y eso es lo más bonito que puede pasarte». Y lo está gozando. Como hace con casi todo. Disfrutar es una palabra permanente en sus labios felices, y cuando se le pide que se defina la redondea con orgullo y risas. «Soy un disfrutón».
Dice la patronal que con él el premio se ‘humaniza’. «Es un concepto bonito. Más para un sector como la hostelería, que en conjunto es la empresa más grande de León, pero nunca se nos reconoce». Un paso más en la trayectoria de aquel niño travieso que disfrutó ya una niñez feliz de pueblo en Porqueros de Cepeda. «En casa se trabajaba mucho, pero vivíamos bien. Me gustaba tocar la pandereta por ahí todo el día, pero sobre todo las motos, era una obsesión. De mayor quería ser campeón del mundo de algo relacionado con el motor. Mi madre me daba de propina cinco duros y todas las semanas compraba la revista Sólo Moto».
Con ocho años su vida cambió de aires en la capital leonesa, donde su madre trabajaba ya con su tío José Luis en el Llagar, una marisquería en Julio del Campo. Estudió en los Jesuitas, y del colegio al bar. «Y ahí he estado toda mi vida, en un bar». Quién sabe cuál hubiera sido su destino si el negocio de su tío hubiera sido otro. «No sé, pero tengo claro que fuera lo que fuera lo habría hecho bastante bien. Creo mucho en mí mismo, no me traiciono. Sé lo que quiero y lo que no, soy perseverante, marco una línea y trato de seguirla. No siempre se consigue pero lo intento. Pienso en que otro sector lo habría hecho igual».
empresario camarero
Resulta difícil definir al empresario desgajado de la persona. «En realidad no me considero empresario, aunque lo sea. Creo que tengo buen carácter, soy muy disfrutón, me gusta pasarlo bien siempre, en el trabajo y fuera. Trato todos los días de disfrutar y de que los que están conmigo lo pasen bien. Nunca he pensado en ganar dinero ni en tener éxito, pero la vida a veces te devuelve lo que das. No he sido egoísta, más bien soy espléndido, y creo que eso es lo que al final me vuelve».
La familia es un apoyo importante. También en el negocio. Su madre a los fogones ha sido parte fundamental. «Hace diez años que se fue, pero ahí sigue Ana, que estuvo toda la vida con ella. Trabajó muchísimo, y hoy estaría muy orgullosa de todo esto». Como su tío y sus primos, «un ejemplo de trabajo y sensatez».
Para ‘Javi Camarote’ el ‘glamour’ que destila su negocio lo dan, tanto o más que los famosos que periódicamente se pasean por su barra, las personas que desfilan todos los días por el Madrid de toreros, pintores, fotógrafos y amigos que abarrotan sus paredes. «Soy un afortunado. Tengo la mejor clientela, aquí se mezcla todo el mundo. No hay colores ni condiciones sexuales, económicas o políticas. Todos somos igual aquí, nos mezclamos y disfrutamos juntos. Siempre hemos tratado a todos con el debido respeto, eso es fundamental». Y la reconocida clave de una parte de su éxito, un don de gentes llevado a la enésima potencia, que convierte a la heterogénea concurrencia en una homogénea parroquia que brinda por el buen rollo.
Esa es la receta base de un cóctel cuyos ingredientes el Empresario del Año tiene claros. «Mucha lucha, ofrecer cosas nuevas, moverse, no trampear, dar calidad, no abusar de los precios,.... Y una pizca de suerte». La receta que le ha hecho serpentear por la crisis con unas cuentas en continuo crecimiento, y batir todos los récords el pasado mes de octubre. «En Navidad volveremos a batirlo».
El negocio crece y el optimismo natural del escanciador de disfrutes se agiganta también cuando habla del cambio que ha vivido su León, y sobre todo de ese futuro por el que espera que trepe «esta tierra cargadísima de potencialidades». Su vaso (en la barra, en la vida, en las expectativas más allá de lo personal) está siempre un poco más que medio lleno. Rechaza el cliché del leonés. «No somos tan cazurros. Ni tanto como éramos, eso es historia. El horizonte hoy no es León, ni Castilla y León. Es el mundo, y eso nos ha quitado del carácter parte del frío».
Si es que el frío ha afectado alguna vez a la parroquia social de este León de chateo. «Cualquier día de invierno hay en León más gente en la calle que en Madrid o Barcelona. Y eso, a los que vienen de fuera, les encanta».
Si lo sabrá alguien que desde hace más de dos décadas tiene desde su lado al otro lado de la barra un púlpito privilegiado para contemplar la evolución y el devenir de las cuitas locales. «¿Cambio? Total. El crecimiento de las empresas tecnológicas, la veterinaria, la biotecnología... ha llenado León de un nuevo grupo social que antes no había: profesionales de entre 30 y 50 años con sueldos de calidad. Y los fines de semana, llega tanta gente...».
Se van muchos. Y jóvenes. «Espero que vuelvan, además con muchos conocimientos. Yo no tengo hijos, pero si los tuviera les mandaría fuera. Que aprendieran y luego vinieran aquí a explotarlo». Envejecida sí. Le cuesta arrancar, sí. Pero «esta provincia está llena de potencialidades. Todo un poco desaprovechado, hay mucho por hacer. Será lento, pero se hará. Porque todo esto va a más. Y para eso hace falta ilusión. La verdad es que si las cosas económicamente van bien, la ilusión también crece...»
tres generaciones
Ha puesto la tapa en la barra ya a tres generaciones de leoneses. «Traté con los abuelos, muchos en El Llagar. Conozco a sus padres y ahora vienen los nietos. Antes les conocía a todos con nombre y apellidos. Ahora se me va llenando el disco duro...». Dicho queda no sólo sin pena, sino aderezado con risas.
El futuro para él también está por escribir. Trabajó durante unos años en referentes de copas de la noche leonesa. «Pero me confundía un poco al final...», ríe de nuevo. «Eso tiene una edad. Fueron años bonitos y divertidos, lo pasamos bien e incluso ganamos algo de dinero.
Quizá sí para emprender. «Veo a León tan bonito, tan lleno de gente, con tantas posibilidades, que no descarto que más adelante haga alguna cosa». Siempre relacionada con la hostelería. «Es lo que me encanta, donde lo paso bien. Trabajando y cuando no trabajo». Porque si hay plan alternativo, «soy el primero que me apunto». El mérito es también de un equipo de profesionales para el que el halago es permanente. «Me permiten ciertas licencias. Hay tiempo para todo, sólo hay que organizarse».
Aún le da vueltas a cómo servirá el discurso de agradecimiento de esta noche. «No soy un orador, soy un camarero. Así que hablaré del bar y de mi trayectoria. Sobre todo, será de agradecimiento a quienes me han elegido y a la gente que me ha ayudado a llegar hasta aquí».
Mientras, sigue disfrutando de la barra. ¿Un hostelero se retira, o es como un torero, no se corta nunca la coleta? «Yo no pienso retirarme en mi vida. Atenderé un poco menos, pero siempre estaré por aquí, seguro». El motivo está claro: «Aquí todos los días pasa algo divertido».