SAN JUAN Y SAN PEDRO 2017
Pulso con las cabalgaduras y poco tino con los aceros
Hermoso, Moura y Manzanares se esforzaron en sacar partido al encierro de Ruserfer, pero dieron un recital con los rejones de muerte.

Hermoso de Mendoza se lució con el cuarto. F. OTERO PERANDONES
maría j. muñiz | león
No lo pusieron fácil los toros de la ganadería salmantina de Ruferser de Peñaranda a la terna de rejoneadores que abrieron la feria taurina de San Juan. Tampoco fueron complicados, a excepción del primero, un marmolillo de faena imposible. Se lucieron los toreros a caballo en mayor o menor medida a lo largo de las más de dos horas de festejo, y coincidieron en fallar estrepitosamente con los aceros, con los que se les fue cualquier opción de triunfo y, por momentos, la paciencia del respetable, al que disgusta el enseñamiento al que obliga el fallo con los rejones de muerte, y sobre todo con el descabello. El encierro tuvo en común también la dureza de patas de los astados a la hora de doblar, con lo que los últimos tercios se eternizaron, y los toreros recibieron cariñosas palmas cuando no respetuosos silencios como premio a sus faenas. Hubo también destellos de toreo vibrante a caballo.
Pablo Hermoso de Mendoza salió en el segundo de su lote dispuesto a cambiar el ritmo de una tarde que decaía. Enceló en el centro del ruedo a un toro más colaborador que su primer enemigo, pero que embestía con cierta sosería. A lomos del espectacular Disparate ofreció el mejor toreo de la tarde, clavó con ortodoxia y levantó al público de los asientos con los alardes cambiando el sentido de la marcha del caballo en la misma cara del astado. Espectacular la cabalgadura, desplantándose sin perder nunca la cara del toro. Con Donatelli se lució sobre todo ejecutando circulares con la grupa del caballo. Necesitó tres pinchazos y un rejón para que el toro doblara y recogió una ovación cariñosa.
En su primero no había tenido opción. El que abrió plaza salió ya desentendido, haciendo ascos al banderín del rejón de castigo. Paradísimo en todas las fases de la faena, el torero de Estella intentó colocarlo en suerte para ir de frente al paso, y clavar también de dentro afuera provocando que saliera el toro del abrigo de las tablas, a las que el descastado animal volvía en cuanto le dejaban salida. Con Dalí intentó citarlo caminando hacia atrás y colocando la grupa a un palmo de los pitones, pero en fases de la faena el toro ni siquiera se dignó a mirar a las cabalgaduras. Colocó Hermoso un rejonazo que pareció certero y el toro quedó ya inmóvil en el tercio. Inmóvil hasta cuando el estellés entró a matar de nuevo. Tuvo que utilizar el descabello, buscando con poco tino el hueco para acabar con la larga agonía del toro, ante el disgusto del público.
Joao Moura cortó la oreja del quinto, un mozo de 623 kilos cuya noblota embestida intentó alegrar con alardes de doma. El toro embistió con suave tranco y el portugués lo colocó para citarlo de lejos y acudir al paso, o luciéndose, y rematar después con largas cabalgadas a dos pistas, recortando el viaje por dentro o dando vueltas a la cabalgadura en la cara del toro. Clavó con limpieza y toreó con entrega, intentando poner la emoción que le faltaba al noble de Peñaranda.
Remató faena con un bajonazo que el subalterno, muy hábil, retiró antes de que la mayor parte del público pudiera percatarse de lo defectuoso de la colocación. Eso sí, fue de rápido efecto y el público insistió en solicitar el único trofeo que se paseó.
En su primero, que siguió de salida al caballo con más celo pero se paró pronto, le realizó también una lidia pulcra citando de largo y alegrando los remates de las banderillas. El toro siguió con nobleza a los caballos, el caballero portugués resolvió sus pares con soltura y aprovechó las arrancadas cuando el astado se fue refugiando en tablas. Muy aplaudidas fueron las cortas, que repitió. Dejó cinco en total antes de coger el rejón de muerte. Tardó en caer el toro y el público se enfrió y dejó el premio en una ovación.
Manuel Manzanares toreó con gusto, especialmente al que cerró plaza, pero no tuvo el día con los aceros. El sexto salió manseando y mirando por encima de la barrera, y pronto se refugió en tablas. El joven alicantino intentó encelar la sosa embestida, y arriesgó entrando por los adentros para aprovechar la querencia. Con uno de sus caballos estrella, del hierro de Pablo Hermoso de Mendoza, quebró en la cara y clavó arriba, citó de frente en la distancia corta y con un fuerte toque para provocar la arrancada. Intentó asegurar esta vez el rejonazo de muerte, y le costó porque el toro ya estaba totalmente desentendido y no ayudó nada. Pinchó tres veces entre las palmas de ánimo del público, cogió el descabello con escasa confianza, aunque esta vez sólo necesitó tres intentos para rematar la tarde.
En su primero, un galán de 618 kilos que siguió el caballo con velocidad de salida, le paró con temple y le toreó de forma exquisita llevándolo cosido a la grupa y dejándose llegar muy cerca. Fue una faena vibrante a un toro más codicioso, con el que derrochó temple y arriesgó, luciendo una cuadra con algunos caballos con gran transmisión y plasticidad. Un ¡ay! de la plaza lamentó su primer pinchazo, pero la cosa se tornó en bronca cuando el fallo se repitió. Un sainete con el descabello y desconcierto en la cuadrilla porque el toro, que no descubría la muerte, seguía embistiendo cuando le acercaban los engaños. A punto de sonar el tercer aviso, acertó por fin.