«Nos vendieron la llave por 200 euros»

El drama social de estas familias comenzó el día en que un estafador les ofreció las viviendas.

Tres jóvenes dominicanos narran su nueva vida de okupas en el portal del edificio. RAMIRO

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León

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En paro, con hijos pequeños, sin dinero para hacer frente al pago de un alquiler y, en algunos casos, sin papeles que sustenten su residencia legal en España. Son los rasgos comunes de los habitantes de Juan Pablo II, 8. Llegaron allí hace un mes después de pagar a un «hombre», que aseguran no es leonés ni tampoco español, por una llave que les da acceso a una vivienda. «Nos vendieron la llave por 200 euros», relata uno de los dominicanos que reside en este edificio de La Lastra, mientras otro compatriota cuenta que a él le cobraron 350. «Entre los que ocupamos las seis casas sacaron 1.100 euros».

Asoman tímidamente por las ventanas y gritan: «No tenemos dónde ir». Al lado, un vecino del edificio colindante, también desde su ventana, exclama: «No es plato de buen gusto convivir con okupas en la casa de al lado».

Son conscientes de que su situación es ilegal, pero reiteran que no tienen más remedio hasta que su situación económica mejore. Afirman estar buscando empleo y «algunos ya han contactado con los servicios sociales de la ciudad para que los ayuden y tratar de buscar una solución».

Han trabajado en el sector de la construcción y la hostelería y sus sueldos o la prestación por desempleo, hasta hace poco, les permitía pagar el alquiler de una vivienda y mantener a sus familias.

Reconocen abiertamente que han enganchado la luz y el agua de la comunidad. Hasta sus nuevas viviendas llevaron los enseres de las casas donde antes residían y dicen que han logrado que los espacios sean habitables. Los tres dominicanos que acceden a contar a este periódico la historia de su nueva vida de okupas niegan que causen problemas a sus vecinos, al contrario, denuncian que los que no los quieren allí orinan en la puerta de su portal y pegan pedradas a la fachada y la puerta principal.

En las casas okupadas pueden verse incluso cortinas instaladas, ropa tendida en sus terrazas y enseres colgados. Desde abajo pueden escucharse con claridad los juegos de los más pequeños.

En el portal, los cristales de la puerta están fracturados, no hay timbres y una bici aparece aparcada a la puerta de los ascensores, sin servicio. «No podíamos vivir en la calle tirados con los niños, necesitamos una solución hasta que encontremos trabajo y podamos volver a pagar una casa».

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Mientras, los vecinos de los bloques de al lado asisten perplejos al fenómeno okupa que se ha instalado en la puerta de al lado. Ya tienen el asunto en manos de un abogado y confían en que los juzgados les den la razón y sean desalojados. La policía acudió a la zona hace días, se limitó a pedirles que se identificaran. «No pueden hacer más», dijeron.