Margarita Merino de Lindsay WONDERLAND

Tres ¿caballeros? de El Buscón (I)

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León

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Al Dr. Darst y a Don Francisco No nos distrae Quevedo, en su grotesco, escatológico y originalísimo Buscón con colorido y música, con gratos parlamentos propios de su época ni treguas acomodaticias para el lector (a excepción de los capítulos episódicos III y VI y otros divertimentos de transición donde muestra su gracia y habilidad más orientadas acaso a apuntalar la autoestima de su personalidad dicotómica -alternadamente satírica y moralista- en el marco de su vasta escritura hetereogénea: juegos traídos para exhibir su magistral dominio de la agudeza y la caricatura en la que llega al sarcasmo). Está más preocupado don Francisco en entrenarnos, mediante su ingenio, para el ejercicio -y comprensión- de los mecanismos que él emplea -el concepto- y para la aceptación de su mensaje encapsulado (y de su ideología) que quiere hacernos penetrar a través de «actos de entendimiento». Practicándolos con acierto se habrán "exprimido" todos los sentidos posibles hasta acceder al exacto de algo que no existe en la realidad y que será mental (y metafísico). Tendremos que atravesar los engaños iniciales de las palabras, sus dimensiones habituales, el abanico de equívocos, para llegar a planos superpuestos donde aprendemos a desnudarlas de su interpretación falsa para desentrañar, con nuestro desengaño, la "verdadera" que fue buscada por el autor. En una manipulación brillante del lenguaje, Quevedo nos emplaza ante ideas intelectuales que resultan de un choque mental de propuestas enfrentadas. Ya en el primer párrafo del libro, nos desvelará el núcleo de su creación: una cadena de dobles sentidos que se prolonga hasta el final... ¿Cuál es la función conceptista de la idea de "caballero" en El Buscón? Debemos pensar primero en el patrón modélico, en el caballero utópico y deseable como tal según una definición autorizada en el siglo XV: "...noble ...corazón ordenado de virtudes" (cardinales y teologales). Y recordar las bases estoicas romanas (Cicerón, Séneca, Marco Aurelio...) donde se admite la capacidad de acceder a la nobleza intrínseca del ser interior fortaleciendo y desarrollando los "dones naturales" para un crecimiento en la perfección moral: los "altos pensamientos" que -con la voluntad, el control y la razón- todos podemos alcanzar. Un dato crucial en la filosofía inspiradora del autor del Buscón: no valora la jerarquía artificial del dinero ni las posesiones materiales como un "haber" y sí como un "debe", tampoco se deja engañar por los oropeles de apariencia en honra o fama. Hay que tener muy presente su mentalidad "señorial", saber que ésta destapa, descubre y desengaña los trucos y burdas triquiñuelas de Pablos el arribista quien tapa, oculta y engaña con tanta torpeza que el escritor no escatima ninguna crueldad en la manifiesta abominación que le provoca el pícaro. Quevedo usa los humores y las secreciones -y excreciones- corporales contra don Pablos para ridiculizar a su personaje despiadadamente pues se propone escarnecerle con una intencionada degradación clasista que le despoja de las "redenciones" y simpatías que algunos lectores podrían establecer con él, revelándonos -además- que la exhibición de los humores del cuerpo es grosera, indeseable y propia de gentes de baja condición. Quevedo quiere que el individuo reaccione ante la sociedad y luche -por el camino recto- por lo que con su esfuerzo acabe mereciendo, por lo que merece: no por lo que él crea merecer ni por lo que no merece ni merecerá bajo ninguna circunstancia, y menos cuando se llegue a estas pretensiones en la ofuscación de ambiciones inaceptables que quieran elevarse a techos cuyas apoyaturas legítimas son jurídicas e institucionales. Con este propósito Quevedo establece un juego conceptista y enfrenta percepto-exterior versus concepto-interior donde la dinámica oscila entre la decepción y el engaño hasta alcanzar la realidad desenmascarada por el desenga ño y la anagnórisis. (Continuará)

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