Diario de León

CRÓNICA DE VERANO

Democracia globalizada

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Las referencias periodísticas sobre la «Encuesta Mundial de Valores» realizada en 65 países en el 2000 y que acaba de ser dada a conocer por la Fundación BBVA corrobora diversas intuiciones que relativizan las rígidas teorías que compiten en estos comienzos de milenio para explicar los vectores de futuro. Fukuyama o Huntington, por ejemplo, quedan desautorizados en parte por una realidad mucho más compleja que la que cabe en análisis tan esquemáticos y simplificadores. Y son particularmente interesantes la conclusiones que el estudio sociológico obtiene sobre la democracia. Ésta constituye un valor universalmente aceptado y apreciado, aunque la polisemia de la propia palabra «democracia» -«es como una ramera que cohabita con muy distintas significaciones», dijo Ortega en su célebre discurso a los estudiantes de Berlín- obliga a matizar tal apreciación, puesto que el concepto varía de una parte a otra. El sondeo certifica, en todo caso, que las élites -políticas, económicas, sociales- de los distintos países y culturas coinciden sustancialmente en la concepción de la democracia, pero los «pueblos», las sociedades, tienen visiones muy distintas y variadas. Se percibe asimismo, junto a la general reprobación de los políticos profesionales en todas partes, un creciente descontento sobre el funcionamiento de la democracia en determinados ámbitos -América Latina, por ejemplo-, lo que genera la amenaza de ciertas derivas autoritarias. La encuesta refleja, en suma, la panorámica que es hoy manifiesta: aunque haya que aceptar parcialmente el triunfo incuestionable del modelo democrático, demoliberal, como «pensamiento único» (en definitiva, una versión blanda del «fin de la historia» de Fukuyama), es cada vez más evidente que, en tanto las democracias ya consolidadas son estables, los procesos de transición desde formas autoritarias de organización hacia el pluralismo están fracasando en muchos casos, o se encuentran paralizados, o están teniendo unos costes socioeconómicos tan altos que su crédito se agota. Esto es lo que sucede en todos los países emergentes surgidos de la antigua URSS, en los del Sureste Asiático y sobre todo en los América Latina. La gran excepción es la constituida por los países europeos del antiguo Bloque del Este, debida sin duda a que estos Estados están ya anclados al proyecto de la construcción europea: la expectativa, secundada política y económicamente por los Quince, de pasar a engrosar el privilegiado club de la Unión Europea tiene suficiente fuerza para allanar los obstáculos, justificar los sacrificios y enderezar los modelos hacia el apetecible objetivo. Así las cosas, el objetivo de la democracia global está lejos de alcanzarse (al margen de que existan algunos ámbitos, como el islámico y el chino, que no caminan de momento en esta dirección). La evidencia de que las transiciones a la democracia son exitosas cuando los países reciben estímulo exterior, expectativas fundadas, ayudas concretas, pautas ya experimentadas, como sucede con los candidatos a ingresar en la Unión Europea, debería tener un valor pedagógico universal. No es razonable que los europeos estemos empeñados en rescatar de la indigencia a una veintena larga de países del Este y del Sur de Europa, e incluso a Turquía, conscientes de que esta es una misión histórica, y al mismo tiempo nos desentendamos de la crisis democrática que padecen los países de Iberoamérica, que pertenecen a nuestra misma esfera cultural. Es posible que este planteamiento parezca hoy utópico, pero también fueron utopías los proyectos de los padres fundadores de la nación americana o de la construcción europea.

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