CRÓNICAS DE AGOSTO
Mal tiempo europeo
NADIE, y menos aún los meteorólogos profesionales y responsables, se atreve a aventurar una causa, o varias, sobre la que apoyar el húmedo edificio de las catástrofes climáticas que han asolado, y aún siguen, a éste Viejo Continente nuestro, durante la supuesta canícula. El diluvio continental se ha abatido, progresivamente despiadado, creciendo como el nivel de los ríos afectados, sobre Chequia, Austria, Alemania, el norte de Italia, Ucrania, Hungría y Rumania. Que también haya llovido violentamente en Mallorca, la costa de Levante, y de forma simplemente molesta y antiturística en el Cantábrico, no deja de ser una anécdota de carácter local que revela, sin embargo, que el mal tiempo está siendo un problema -además de un misterio- plenamente europeo. En Chequia, con el río Voltava en niveles de crecida desconocidos durante el pasado siglo y el inicio del actual, han sido evacuadas 200.000 personas. Praga ha estado durante días a merced de su río. En Austria, la bella Salzburgo yace en una espesa capa de lodo, arruinados muchos de sus atractivos urbanos. Casi la mitad del país de los valses yace bajo las aguas. En Sajonia, Dresde ha sufrido un nuevo proceso de dresderización, esta vez bombardeada por las nubes e invadida por un Elba tempestuoso, que la ha anegado y puesto en peligro sus pacientemente reconstruidos monumentos históricos. En el centro de Europa, siguiendo el curso del Danubio, el agua se ha convertido en jinete del Apocalipsis. Presas convertidas en cataratas, campos arruinados, rebaños enteros aniquilados, ciudades invadidas por el barro. Y decenas de muertos. Los especialistas se resisten a encontrar una explicación a esta singular revolución climática. Los mecanismos atmosféricos resultan demasiado complejos para cargar el peso de la responsabilidad, si es que la hubiera, en una sola balanza. Es demasiado fácil culpar al efecto invernadero, a la contaminación medioambiental, a los humos de las calefacciones o de los tubos de escape. Los propios climatólogos no se ponen de acuerdo sobre si, realmente, el planeta ha experimentado un recalentamiento de medio grado centígrado desde 1990, o todo es una fantasía de los ecologistas, que no saben cómo arrimar el ascua a su sardina. Ni acerca de si ha sido el cambio de posición del tradicional anticiclón de las Azores, que suele presidir tradicionalmente los veranos europeos, como fuente de calor, y que este año no se ha desplazado hacia el norte, como casi siempre, permaneciendo sobre las islas que le dan nombre, al sur, el culpable de los diluvios continentales. Hay que esperar algunos años y ver qué pasa antes de formular ninguna teoría. Aunque el próximo lunes 26, y hasta el viernes 5 de septiembre, se desarrollará en Johannesburgo la conferencia de la ONU sobre el medio ambiente, cambio climático y biodiversidad, nadie espera ningún conejo blanco procedente de la chistera de los políticos.