Victoriano Crémer CRÉMER CONTRA CRÉMER
Se nos cae el verano
SEGÚN los datos que nos son proporcionados pro los mecanismos oficiales montados para este fin, el turismo español, en el cual teníamos depositadas casi todas nuestras esperanzas, está decayendo de un modo tan alarmante que, pese a los esfuerzos que se hacen por disimularlo, producen alarma general. Los ingleses, que ya saben ustedes los amigos nuestros -o de nuestro admirado y admirable presidente de Gobierno- que dice ser, a pesar del esconderite inglés con el que juegan, han decidido abandonar el acomodo bonito y barato que España les deparaba por un puñado de libras esterlinas, elaboradas a brazo de Gibraltar. Y los alemanes, que eran, desde lo de la Legión Cóndor y lo de Guernika, nuestros más valorados inquilinos veraniegos, que incluso llegaban a crear verdaderas comunidades teutonas en forma de ciudades ocupadas, pues hasta los alemanes están cambiando de piso. Pero a lo que íbamos: que nos estamos quedando solos, con nuestro sol, con nuestra sangría y con nuestra condición hotelera por los cuatro costados o costas. Y que al decrecer el capítulo del turismo, en proporciones tan sensibles, nuestros niveles de vida se precipitan hacia la inflación. O sea, la leche. Los más enterados de la casa, desde sus altivas torres de observación, acusan de este decadencia a las faltas de infraestructuras que, por cierto, nadie sabe ni acierta a explicar convincentemente en qué consiste y con qué se come... Otros, achacan el fenómeno al estado de tensión entre España y Marruecos por la peregilada y la patera y los más sensatos se inclinan a que según sus cálculos matemáticos, ya no cabemos ni uno más si hemos de aceptar de buen grado, cristianamente, la llegada a nuestro territorio de miles de fugitivos del hambre, que abordan nuestras costas de culo pajarero y llenan nuestras ciudades de rumanos sin papeles, ocupando espacios que, en buena lectura económica, estaban reservados para europeos con curriculum, con pedigrée y para yanquis altivos, señores de la tierra, del cielo y de la mar océana. Es posible que todas esas hayan podido ser causas de flaqueza de nuestro capítulo veraniego, con veraneantes aptos y deseables, pero también y en proporción quizá más decisiva, lo que puede estar contribuyendo a la decadencia de España como paraíso estival y fiscal sea, pueda ser, la enorme, la insaciable, la monstruosa ambición de todos cuantos intervienen en la puesta en escena del turismo veraniego nacional: Desde el empresario del ladrillo de oro al chiringuito moruno al pie de playa, todos han caído, están cayendo sobre la España del sol como buitres, dispuestos a robar, legalmente o como sea, no tan solo al alemán, al inglés o al canadiense, sino sobre todo al mísero desplazado desde las tierras de secano de la Castilla vieja y cansada, hasta el huertano del interior que aspira a relajarse buscando niveles económicos a sus cortos alcances. Tan escandaloso es el comportamiento de estos voraces depredadores que en algunos caos, los más señalados por su vocación de rateros con tres o con cuatro estrellas, han decidido este año, por imposición eteorológica, rebajar los precios de sus servicios. La avaricia rompe el saco y el saco hispano del turismo ofrece ya agujeros tan desproporcionados que amenazan agotar su contenido hasta el vacío total. Cuando el sol le cueste al turista un ojo de la cara y la yema del otro, se va hacia la sombra que más caliente: ¡Elemental, mister Watson!