Diario de León

Luis Artigue EL AULLIDO

Jesús F. Salvadores

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León

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HEMOS crecido en la era de la imagen, pensamos en imágenes, soñamos en imágenes. Los sábados por la noche la existencia nos parece un videoclip y algunas veces tenemos la impresión de que nuestro curriculum sentimental da para una telecomedia. Acabo de ver la obra premiada en el Salón de Fotografía en Blanco y Negro de Caja España y me ha invitado a preguntarme si toda ciudad no es la misma y cabe en una foto. Dublín, siglo XXI se titula esa instantánea real no realista, esa moderna conjunción de inmediatez y eternidad. Está tomada desde el segundo piso de un autobús irlandés y en ella, por medio de un logrado encuadre lleno de profundidad, miran al espectador desde una valla publicitaria dos ojos retratados en primerísimo plano a través del parabrisas. Arte que nos vigila. Todo un hallazgo. Con esta obra el autor no sólo nos introduce utilizando la luz y la atmósfera, sino que permite vislumbrar también su peculiar forma de mirar y habitar el mundo y eso -no la fotografía sino también el mensaje explícito o implícito- es lo que «puede cambiar cosas». Entroncado en la línea visual claroscura de grandes fotógrafos como el postmoderno y a veces sórdido Alberto García Alix, o el equilibrado y sereno Humberto Rivas, este «fotero» del Diario de León y contador de historias en imágenes nos habla aquí de una ciudad plural, vanguardista, una como metáfora de todas, regalando al espectador el prisma de un arraigado ciudadano del mundo. Así retrata inusualmente ese lugar: no saca pubs, ni tréboles, ni intérpretes de música folk borrachos de ritmo paisajista, sino esa otra cara urbana sin tópicos ni esencias, lo que hace a Dublín europea y uniforme: su lado abierto al mundo. Teniendo en cuenta que se trata de una ciudad con marcada personalidad celta, no deja de ser todo un atrevimiento esta obra que apunta a modo de profecía al futuro modernamente homogéneo, al económicamente globalizado porvenir despersonalizado, colonizado y contaminado por el marketing. Este explorador cazamomentos pertenece de forma militante a una generación de creadores fascinados por la modernidad en su sentido menos excéntrico y más universal, multicultural y avanzado. Su obra es la de un viajero sin ojos de turista, expectante, desensimismado y en perpetuo estado de búsqueda personal, y tal vez por eso llama tanto la atención su premiado fogonazo. Esa dichosa foto, mientras la miramos, nos mira. Creo que este lenguaje creativo se vuelve en nuestro confuso momento histórico tan necesario precisamente porque vacuna contra el provincianismo y nos abre ventanas, traza puentes que llevan a otros lugares y otras vidas y nos ayuda, en suma, a relativizar nuestra propia verdad. Ya que -me lo ha dicho esta foto- cada forma de mirar es tan sólo una más. Sólo otro enfoque. Y hay tantos como seres humanos. Todo elogio de la diversidad que nos hable sobre multiplicidad, que insinúe que algo puede ser de otra forma, nos hace en estos momentos mucha falta artística y vitalmente, e incluso empieza a ser imprescindible. Y es que el arte precisamente busca eso, una conciencia lúcida del mundo, la explicación curiosa, clara, clarividente, capaz de provocar una duda, un replanteamiento o, en casos extremos, un posicionamiento evidente. La mirada perspicaz, lúcida, ésa que lleva aparejada algún punto de denuncia, un poco de azar y el fundido tenebroso de una pinta de cerveza Guinness. La mirada que transciende porque dice sin palabras contando cada vez alguna cosa nueva, la que nos hace sabernos tripulantes y no capitanes del barco. Comprometida mirada que nos lleva y nos regresa, ésa que nos pone ante el espejo del mundo, detiene el tiempo y, en un instante, vence a la muerte es, esta vez, la que está tras la cámara de Jesús F. Salvadores.

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