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Nuevamente reparado, la naviera tuvo que subastar el gran barco para evitar la ruina. Adquirido por una cuarta parte de su valor, a alguien se le ocurrió que aquella enormidad de acero era la única nave en el mundo capaz de almacenar en sus bodegas los cuatro mil kilómetros de cable submarino que debían unir Europa y América por telégrafo. Y la operación fue un éxito.