La Lastra, el residencial con cuatro carriles desbordados por el tráfico
La zona proyecta una de las mejoras alternativas para los accesos a la ciudad. La urbanizción del sur de la ciudad cumple 20 años con el nuevo reto de la circulación

Vista de la avenida José Aguado al sur de La Lastra. Zonas de aparcamiento en la avenida central.
A mediados del siglo pasado, un visionario ya vio La Lastra sobre esas huertonas que escoltaban el sur de la ciudad desde las riberas del Torío y el Bernesga. El visionario era un potentado; las ideas no suelen ser gratis, y el beneficio redundaba en recalificar el uso; hoy, aquel pasto sujeta avenidas largas prendidas de rotondas tan amplias que despistan hasta al GPS que aconseja abandonar el circular por la tercera rotonda. La gran transformación aportó algunas joyas que perviven hoy (el CHF, el Hispánico, la comandancia de la Guardia Civil), pero no fue hasta 2007 cuando estrenó la alfombra de asfalto y hormigón. La Lastra se dispone a cumplir 20 años con una función que sólo aparecía como complementaria en los principios fundacionales del nuevo espacio: era una zona residencial y hoy descolla como zona de evacuación de tráfico. Antes de edificios sobre solares recalificados, la Lastra se llenó de coches; en los aparcamientos en batería que acordonan la arteria principal, prolongación de José Aguado, y la calzada, convertida en horario punta en una circunvalación encubierta; el tráfico que domina La Lastra no es propio de la circulación en una ciudad, con sus limitaciones y carteles que venden la ciudad a 30; el reordenamiento que permitió la resurrección de las calles noveles que saludaron el Siglo XXI en la capital leonesa, convierten a esta horqueta que se abre junto a la plaza de la Unión Europea en la mejor solución para llegar desde la masa urbana a las rondas exteriores de la ciudad. Las frecuencias de los semáforos del cruce de Aluches con el Paseo del Parque atestiguan el estado creciente de este fenómeno; el culmen de la evolución que es que el disco verde ya no da abasto para filtrar tráfico en algunos tramos de consumo del centro comercial de esta área, o la gasolinera low cost con su efecto de atracción. La presión de tráfico hace impensable aquella estampa que permitía hasta hace un año aparcar autocares en los aledaños de los viales. El concepto de La Lastra adoptó la forma de una ciudad del Este de Europa en la eclosión de los planes de vivienda de los satélites de la URSS mientras repartía cartas entre un bosque de grúas y el esqueleto del encofrado de los primeros edificios y la acometida de la urbanización entre parques infantiles y mobiliario ornamental de conceptos avanzadísimos al tiempo cansino que suele contagia la ciudad leonesa; aún lejos de las perspectivas de los 15.000 habitantes, la segunda venida de la construcción sobre la zona lo que terminó de encender fue la mecha de la circulación. De tal forma, que el primer deseo que expresan los residentes en la zona es superar los pasos peatonales sin miedo a que los rebasen los vehículos apurados por la inercia de quien circula por una vía rápida en vez de una cubierta al amparo de las normas de un barrio residencial. La otra medida que calibra las perspectivas del entorno en medio de este arreón de la edificación entre hileras de coches es la oferta hostelera: el segundo bar da alternativa a las zonas de alterne y encuentro social en medio de este final de León en forma de embudo, de triángulo entre ríos, como una isla fluvial que aspira a cambiar el perfil a base de torres de viviendas como en un tres en línea interminable. En medio de esa arteria de hipertensión circulatoria, entre una cabida para alcanzar las 4.600 viviendas, casi cuarenta hectáreas reservadas a zonas verdes y otros casi cien mil metros para equipamientos públicos (algunos ya completados, como la iglesia) los residentes al sur de Fernández Ladreda coinciden en la idea de contener la presión entre un repertorio de deseos para alcanzar ese perfil de residencial que se vende en los folletos que ofrecen la casa de tu vida, casi con vistas al Portillo y a la Candamia alta, a los chopos que marcan la línea fluvial que cierra el triángulo. Entre el murmullo machacón que arrastra la intensidad de tráfico.