Diario de León

El enigma subterráneo de León: la razón geológica por la que la Cueva de Valporquero parece desafiar la gravedad

De las estalactitas tradicionales a las enigmáticas helictitas, la acción continua del agua y la química del carbonato cálcico modelan una joya subterránea en León

Formaciones kársticas como estalactitas y estalagmitas en las entrañas de la piedra caliza, municipio de Valporquero de Torío, León.

Formaciones kársticas como estalactitas y estalagmitas en las entrañas de la piedra caliza, municipio de Valporquero de Torío, León.PEDRO GONZÁLEZ/TANIA GARCÍA

Antonio Bret
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En el corazón geológico de la provincia de León, bajo el territorio protegido de la Reserva de la Biosfera Los Argüellos, se oculta uno de los monumentos naturales más valiosos del norte peninsular que fascina a geólogos de todo el mundo: la Cueva de Valporquero. Esculpida durante cientos de miles de años por la constante acción del agua de lluvia y del arroyo de Valporquero sobre las masas de roca caliza, esta cavidad subterránea presenta un catálogo único de espeleotemas o formaciones rocosas. 

Pero sin duda, la cueva leonesa destaca por las famosas helictitas, unas estructuras de carbonato cálcico que no crecen hacia el suelo por la gravedad, sino en direcciones horizontales y en espiral debido a la presión capilar y las corrientes de aire subterráneas.

A lo largo de sus salas visitables —como la Gran Rotonda, las Hadas o las Maravillas—, se observa un fenómeno fascinante: mientras gran parte de las estructuras cuelga verticalmente del techo buscando el suelo, otras parecen alzarse desde las profundidades o ramificarse en ángulos imposibles, creando una ilusión visual que capta la atención de geólogos y visitantes.

La gravedad como arquitecta: el origen de estalactitas y estalagmitas

La explicación a por qué unas estructuras crecen hacia abajo y otras hacia arriba reside en la mecánica del agua de filtración y en la precipitación del carbonato cálcico. Cuando el agua de lluvia penetra por las fisuras de la montaña leonesa, se acidifica al absorber dióxido de carbono del suelo. 

Esta solución ácida disuelve gradualmente el bicarbonato cálcico presente en la roca caliza. Al alcanzar el techo de las galerías interiores de Valporquero, donde la presión atmosférica y las condiciones del aire varían, el agua libera ese dióxido de carbono acumulado.

Como consecuencia directa de esa reacción química, la solución pierde acidez y el bicarbonato se transforma de nuevo en carbonato cálcico insoluble, el cual deposita una capa microscópica de calcita alrededor de la gota. 

Cuando el goteo es continuo y constante en un mismo punto, la deposición se acumula progresivamente desde el techo en dirección al suelo, dando origen a la estalactita tradicional.

Por el contrario, cuando las gotas de agua logran desprenderse del techo antes de depositar todo su mineral disuelto, impactan contra el suelo de la cueva. 

En el punto exacto de impacto, el agua remanente vuelve a liberar dióxido de carbono y precipita el carbonato cálcico sobrante. Con el paso de los siglos, estas superposiciones microscópicas crecen verticalmente desde abajo hacia arriba, formando las estalagmitas.

Cuando ambas estructuras continúan su desarrollo en el mismo eje vertical, terminan fusionándose hasta constituir colosales columnas pétreas que vertebran el espacio subterráneo.

Capilaridad y corrientes de aire: el enigma de las helictitas excéntricas

Existe un tercer tipo de formación que desafía completamente la dirección de la fuerza de la gravedad: las helictitas o estalactitas excéntricas. 

Aunque comúnmente se confunden con estalactitas que crecen hacia arriba o hacia los lados, estas estructuras no siguen la trayectoria vertical impuesta por el peso del agua que gotea libremente. Su desarrollo responde a un equilibrio físico diferente en el que la capilaridad supera a la aceleración gravitatoria.

Las helictitas se forman a partir de un conducto central sumamente estrecho por el cual el agua fluye a una velocidad extremadamente lenta, a menudo por simple sudoración de la roca. Debido al pequeño diámetro de este canal interior, la tensión superficial y las fuerzas capilares del fluido dominan sobre la masa de la gota. 

Esto permite que el agua salga despedida en cualquier dirección —hacia arriba, en horizontal o en espirales— y deposite los cristales de calcita sin verse condicionada por la caída vertical. 

Asimismo, las microcorrientes de aire que recorren los pasadizos de la Cueva de Valporquero alteran los patrones de evaporación en la punta de la formación, favoreciendo patrones de crecimiento verdaderamente caprichosos e impredecibles.

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