Diario de León

San Froilán: El patrón que mueve a todo un pueblo

Ni la física, la historia u once siglos de ausencia detienen a San Froilán: el eremita y obispo que amansaba lobos y quemaba carbones en la boca sigue siendo el epicentro absoluto del jolgorio, la devoción y el orgullo leonés

Los carros engalanados recorrerán de nuevo la capital el domingo y el lunes, La Virgen del Camino.

Los carros engalanados recorrerán de nuevo la capital el domingo y el lunes, La Virgen del Camino.ángelopez

Pilar Infiesta

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La historia conoce santos que conceden favores discretos, otros que interceden por las cosechas y luego está San Froilán, que ostenta el récord indiscutible de lograr el milagro socio-festivo más complejo de España: que todo León se ponga de acuerdo para irse de romería.

Siglos después de traspasar a la eternidad (allá por el lejano año 905), el venerable patrón de la diócesis no solo conserva intacta su capacidad de atracción, sino que su tirón gravimétrico opera como un imán de proporciones bíblicas capaz de opacar —para regocijo comarcal— al mismísimo San Juan.

Este gallego de nacimiento, que acabó coronado obispo por aclamación popular y reconvertido en el más ilustre de los leoneses, no necesita truenos ni visiones espectaculares para reivindicarse. Le basta con mover los hilos desde el Olimpo leonés para que el calendario de la provincia se estire como el chicle: desde las modernas food-trucks, los conciertos y los mercados medievales en la capital, pasando por el majestuoso desfile de pendones, carros engalanados y el eterno litigio de Las Cantaderas este fin de semana, hasta el ascenso místico de los 365 escalones de la ermita de Valdorria cada primero de mayo.

La leyenda del santo no escatima en efectos especiales. Dicen las crónicas que, para demostrar su autoridad moral, paseó carbones encendidos en las manos y en la boca sin pestañear ni sufrir rozadura alguna. Y por si fuera poco, cuando un lobo hambriento decidió merendarse a su asno de carga en la montaña, Froilán no solo le perdonó la osadía, sino que convenció al cánido para mutar en mozo de equipaje, caminante fiel y compañero inseparable a su diestra.

Ese temperamento indomable pero conciliador es el que revive el domingo previo a su festividad, cuando León se convierte en un lienzo vivo de la Edad Media.

El ondear de las telas multicolores de los pendones traídos de cada rincón de la provincia y el crujir de los carros engalanados restituyen una estampa ancestral que va mucho más allá del mero espectáculo folclórico. Es el reencuentro de la ciudad con sus raíces rurales, aderezado por el secular e hilarante Foro u Oferta entre el Cabildo y la corporación municipal ante la fachada catedralicia para dirimir si el pueblo acude al templo por devoción o por obligación tras la liberación del infame tributo de las Cien Doncellas.

Con semejante hoja de servicios, no es extraño que la devoción leonesa roce el entusiasmo total. El próximo 5 de octubre, día de su nacimiento, la marea humana volverá a desbordarse: más de 60.000 almas emprenderán la marcha hacia La Virgen del Camino en una marea de devoción, chorizo, avellanas y tradición que supera cualquier previsión de tráfico.

Y mientras en el interior de la Catedral de León su arca de plata barroca custodia las reliquias —con su célebre fémur presidiendo la veneración del obispo en el Altar Mayor—, en la calle el mensaje está claro: el verdadero prodigio de San Froilán no fue amansar a las fieras, sino conseguir que, más de mil años después, el pulso de todo un pueblo siga latiendo al ritmo que marcan sus pendones.

Santuario y reliquia

Entrar en la Catedral de León es encontrarse cara a cara con el mito. San Froilán da la bienvenida desde la portada sur y reina en el trascoro gracias a la majestuosa escultura de Esteban Jordán. Pero el verdadero tesoro se esconde bajo el Altar Mayor: una magistral arca de plata firmada en 1635 por los afamados plateros Jerónimo de Neira y Juan de Candanedo. Es allí donde descansa parte de la anatomía del santo y la reliquia de su insigne fémur. Un resto venerable que renueva la tradición al ser expuesto para el beso y adoración de los devotos en la misa mayor del patrón.

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