Victoriano Crémer CRÉMER CONTRA CRÉMER
Don Mario en La Moncloa
Procuremos por todos los medios que podamos utilizar, no incurrir en juegos burlescos, con el título que ampara este comentario en voz baja: Si decimos que don Mario Amilivia está o estuvo en La Moncloa, queremos decir que el señor presidente del Gobierno, don José María Aznar, tuvo el gesto generoso de recibirle en La Moncloa. Nada más. Aunque si se tiene en cuenta que el rival más débil de la baraja electoral, el señor Rodríguez Zapatero, no consigue ser recibido por el señor presidente, habrá que entender este glorioso evento como un triunfo del alcalde de la ciudad. Enhorabuena y que sea para bien. Según García Márquez, el coronel no tenía quien le escribiera y no por eso se hundieron Los Andes. Pero siempre es importante que la máxima autoridad de la nación muestre algún gesto de buen entendimiento con representantes de las ínsulas «no históricas» o huérfanas. Y es que León, tanto como la más necesitada de las ciudades de la Península, necesita no solamente quien le escriba, sino quien le reciba. Porque aunque nada se consiga con la visita y la reverencia, al menos conocerá directamente alguno de los problemas que agarrotan la vida de esas poblaciones de la España profunda que se dice y que parecen dejadas de la mano de los gobernantes y de s anto Martino. El señor alcalde de León, don Mario Amilivia, ha tenido suerte y ha aprovechado la feliz oportunidad para informar al jefe del Gobierno de la expectación con que se sigue el proceso de la instalación de lo de la Academia de Pilotos, entre otras cosas, obteniendo, en justo premio a su solicitud, la seguridad, emitida a viva voz por el señor presidente, de que esta vez sí que era de verdad y que aquella promesa que emitió voluntariamente ante el electorado leonés hace tres años, tendría ahora y en la hora de nuestra suerte, digna compensación, esperando poder confirmar algún día la fecha exacta en la que pueda León sentir que alguno de sus ruegos ha sido atendido. En cambio, el señor Amilivia le dio al presidente un disgusto bastante gordo: Según la información que nuestro periódico registró en una de sus columnas más marmóreas, «el alcalde expresó al presidente la complejidad de lograr una mayoría absoluta en la capital». La crónica no registra ni el gesto, ni el sonido que debió emitir el presidente al escuchar la confesión de impotencia electoral de don Mario... «¡Coño -debió pensar para su capote el presidente- le prometo una Academia de Pilotos para aviones de combate para las guerras de Bush, y va el tío y me dice que de mayorías absolutas en el pueblo de su regencia nada». Debió ser una situación patética. Ignoro quiénes forman parte del gabinete del señor alcalde, pero conviene que revise la formación y proceda a su recomposición, sencillamente porque una confesión tan sincera, tan ingenua, tan alarmante como la de que en León no era fácil que el partido del presidente alcanzara la perseguida mayoría absoluta, no se hace nunca, ni siquiera aunque le fuera aplicado el tercer grado, ni con la bota malaya y el torniquete. Los consejeros áulicos del señor alcalde debieron haberle advertido, a fin de que en ningún momento, ni en estado etílico, se le ocurriera hacer esta confesión. Que por otra parte todavía no se ha fundamentado. Nadie cree que la noticia por la cual se anunciaba la posible presentación como candidata a la alcaldía de doña Dolores Otero, pueda haber producido ese estado de confusión y de sobresalto. En el amor, en la guerra y en las elecciones, señor alcalde, nunca se dice la verdad, ni lo que se piensa, ni lo que se siente, sino todo lo contrario. La sección correspondiente a nuestro barrio nunca se ha planteado quién sería capaz de arrancar en León la mayoría absoluta, si Amilivia, si Fernández, si Otero o si el Lucero del Alba, pero si un día tuviéramos el honor de ser recibidos por el señor Aznar, en La Moncloa, ya procuraríamos evitar que se nos escaparan confesiones tan comprometedoras y letales como soltarle a la cara que su partido no conseguiría el dominio absoluto y que, por tanto, todo quedaría como estaba. Eso no es de palomo volador, sino de pichón.