Diario de León

Margarita Merino de Lindsay WONDERLAND

El Perú (V)

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León

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EL tren que nos acerca a Machu Picchu, llevándonos de Ollantaytaibo hasta Aguas Calientes se adentra en una impresionante panorámica... ¿Estaré soñando esta belleza sobrenatural? Limpieza abrasadora de los cielos que amanecen con intensidad que sobrecoge el corazón, como si se estrenara otra juventud donde el dolor domesticado de la sangre perpleja -y el acercamiento a los paisajes anhelados sólo permitido a través de los libros noctámbulos que se arrugaban en el destilar sofocante de la melancolía adolescente- nunca hubiera existido. Pero desaparecen las pompas de la quimera y ya no somos futuro, tiene el corazón sus cadenas de eslabones roñosos, la memoria el arañazo escarnecido de los latigazos del recuerdo, no volamos en la libertad de los cóndores y ha pasado casi la vida a tropezones sin reciclarse tanta muerte: así nos acercamos al tranco de la última escala, más simbólica que nunca del viaje, y asumimos los abismos que no dejan de ser el espejo donde la altura se mira su largo cuello de garza herida. Miramos, arriba, abajo, con la humildad apretada por los límites. Me ha traído el nombre de Aguas Calientes las ganas de tantos balnearios nombradísimos que nunca conocí en las premuras del destajo, pero hoy no voy a perderme la ocasión ni a lamentarlo después, que ya el reloj de arena mengua su porción de oro molido. Tras un paseíto acompañado del fragor de un torrente, disfrutaré de sus aguas minero-mágico-medicinales en unos baños modestos -tan rústicos que espantan a los turistas acostumbrados a la artificialidad del lujo aséptico y desconectado del aletear, revoltoso, imprevisible de la vida-. Es casa de baños populares, a cielo abierto, bajo el sol y la luna, fundada por y para su función primordial, a todos asequible por su módica entrada, establecimiento al viejo estilo, sin instalaciones parásitas ni nada que se parezca a un bar; sin la tortura de la megafonía que distorsiona el pensamiento calmo que huye al decibelio: aquí en horas escogidas podrá hallarse la plenitud del silencio escatimado a lo ancho de los rincones del mundo e inexistente en los clubs que se pretenden más selectos. Me sumerjo en los remansos apaciguadores del agua curativa protegidos por los picos míticos, pozas que se me harán inolvidables por la conversadora disposición de bañistas de toda edad y un numeroso aforo de niños, donde se incluyen los de pecho, grupo hetereogéneo y saludable donde por primera vez en mucho tiempo me siento una más, diluida en la respiración amansada, en familia, feliz de llevar tan poquito, sin más identidad que el idioma musical que no posee aquí el tono desabrido de los mandatos españoles. Dejé mis escasas pertenencias envueltas en una toalla al cuidado de un hombretón que las depositó sobre una simple balda de madera y me bañé, (en el mejor estilo de los sesenta en la pudorosa Asunción, y a falta de mejor avío, en pololos y blusón como en aquellas intimidatorias clases de gimnasia donde las comandantas de la Sección Femenina nos obligaban a ponernos bombachos para aumentar si cabe la sensación de ridículo que a algunas nos producían el uniforme y los zapatones del gorila); sí: haciendo homenaje a las carrachentas gallegas y a mi infancia, mientras me sonreía ay, alegre, de este absoluto declive donde disfruto ser gente corriente: cierro los ojos bajo los chorros cálidos, se ablandan los músculos de la espalda en la placidez donde me desentumezco. Hablé con los padres de unas criaturas que chapoteaban en la piscinita aledaña de los poderes de la educación. Hasta callarme, consciente de estar en el umbral de la portada desde la que iniciaré, después de tan elemental purificación, la ascensión a la ciudad perdida de la que todo ha pretendido saberse, y tantas interpretaciones erronéas se han mantenido aunque el desvelarse del misterio en un tono más contemporáneo lo siga dejando inalcanzable y mudo, ya sólo botín de los turistas y el olvido de lo que en realidad sucedió, ah cumbres de fuego, épica arrecida en vendaval, cementerio pétreo, pasión del sol, insondable regreso. (Continuará)

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