| Reportaje | Retablo leonés |
América, Asia, África... todo en Boñar
Desde que los habitantes de la Montaña del Alto Porma, tuvieron conciencia de que el turismo sería la única tabla de salvación que redimiría la zona, agobiada por el fracaso de la minería, la pérdida de población por los pueblos anegados por el embalse, y el desmantelamiento de la agricultura tradicional, volvieron los ojos a las actividades turísticas y su promoción. Llamaron a todas las puertas institucionales para recabar ayudas y fondos que permitiesen el desarrollo de un potencial turístico sin precedentes. Pero el mayor regalo que las gentes del Porma hayan podido recibir para consolidar turísticamente su espacio, vino de la iniciativa privada, con la propuesta de un mecenas de lujo, el doctor Eduardo Romero, concretada en el que hoy ya es «Museo Cinegético de la Fauna Salvaje de Animales Naturalizados». A pocos kilómetros de Boñar, dentro de su término municipal, se encuentra el sugestivo pueblo de Valdehuesa, que en la década de los ochenta quedó prácticamente deshabitado por el escasísimo reclamo que ofrecían sus casi nulas expectativas de supervivencia. Pero cuando en febrero del año 1996, el Presidente de la Diputación leonesa y el doctor Eduardo Romero Nieto, firmaron el contrato de lo que sería «la primera piedra» para el futuro museo de la fauna salvaje, despertó la zona de un letargo impuesto por la falta de iniciativas institucionales y, sobre todo, de la escasa conciencia localista de que la redención de la comarca descansa en la promoción turística. Valdehuesa despertaba con presteza al interpretar con nitidez aquellos clarines que la transmitían el viejo lema de «levántate y anda». Hoy, presume de ser uno de los puntos más visitados para degustar la sabrosa cocina montañesa en sus dos magníficos restaurantes, y sus caducas construcciones han sido remozadas y restauradas en una perfecta conjunción de piedra y madera. Una colección sin precedentes Una colección de animales salvajes naturalizados, que bien pueden llegar a las 3.000 piezas, con muchas especies que sólo aquí se pueden ya admirar, complementada recientemente con la fascinante colección de insectos y mariposas, compuesta por 20.000 especies distintas, conforman la mayor concentración mundial de animales pasivos que el hombre pueda admirar sin riesgos ni excepciones. Pumas, cabras hispánicas, muflones, ginetas, alces, lobos, ciervos, cebras, jirafas, hienas, pecaris, babuinos, leones, canguros, búfalos, elefantes, gorilas, rinocerontes... y un sin fin de animales, que nos parecían más propios de una colección de cromos pegados en algún álbum de nuestra infancia, comparten espacio con otros, cuya rareza y nominación nos deja perplejos: dos Wapittis en busto, otro de Chevroten acuático, Buscuck, Eland de Derby, Duiker común, Sitatunga, Waterbuck, Stenbock, y un larguísimo etcétera que nos ocuparía un espacio de que no disponemos. En realidad, esta colección no es para describirla. Sólo su contemplación puede dar un idea del tamaño, de la variedad, y del esfuerzo que hay entre bastidores para haber podido reunirla. Cuando uno se acerca a contemplar la maravilla que poco a poco ha ido emergiendo de esa labor callada que cada día realizan pintores, decoradores, taxidermistas, entomólogos, iluminadores, jardineros y empleados en general, todos ellos coordinados por la sabiduría que desprende la figura carismática del doctor Eduardo Romero, que alterna el trabajo cotidiano en su clínica del madrileño Paseo de la Castellana, con un exquisito cuidado de los mínimos detalles, es cuando encuentras respuesta a tantos dimes y diretes como se han venido barajando a propósito del presupuesto y de la tardanza en abrir al público esta especie de «Capilla Sixtina» del arte naturalizado. No sé de donde saldrían las fechas que se manejaron para la inauguración del Museo, pero evidentemente estaban más en consonancia con los deseos de los promotores y de la presión popular, que con la realidad de una obra de tamaña magnitud. Nunca se han podido mantener en obras de este calibre las fechas indicativas de obligada referencia, más oficiosa que oficial, máxime cuando la obra en cuestión está ubicada en plena montaña leonesa. Tuvimos ocasión de hablar directamente con el doctor Romero durante las densas jornadas de trabajo que se impone cada fin de semana para agilizar y supervisar minuciosamente todos los detalles de la inminente inauguración a finales del mes de noviembre, o en los primeros días del mes de diciembre -nos dice el doctor Romero- abriremos al público este museo que tanta expectación ha creado entre los leoneses, en particular, y en toda España en general. De esta manera, las visitas colectivas concertadas por Colegios e Instituciones, pueden incluirlas en sus respectivos «Planes de Centro» y la correspondiente «Programación general Anual». Las pinturas de León Frías Pudimos admirar, con ojos casi incrédulos, las salas pintadas y firmadas por el mejor pintor de temas animalísticos y florales de España, el artista madrileño León Frías. El tema de la pintura bien merece párrafo aparte en el contexto de esta valoración que deseamos objetivar, sin que por ello tratemos de frenar nuestra particular sensibilidad ante lo que será obligada referencia pictórica en la antología muralista de nuestro país. Es León Frías un regalo de lujo para el acervo cultural de nuestra provincia y podemos presumir de contar con la que será la obra más extensa y cuidada de cuantas han sabido plasmar sus bien manejados pinceles. El absoluto mimetismo que se está logrando en todas las salas, en relación con las escenas que presenta la fauna de cada continente y la réplica pintada en sus techos y paredes, llega a veces a confundir la realidad de los animales naturalizados con el realismo que refleja el impacto logrado por la mano de León Frías.