Diario de León

La iglesia de Palat del Rey

Origen y fermento del infantado del Torío, es el templo más antiguo de cuantos se consagraron en la ciudad, depositario de gran parte de la historia leonesa

Imagen de la iglesia de San Salvador de Palat del Rey, situada en el casco histórico de León

Imagen de la iglesia de San Salvador de Palat del Rey, situada en el casco histórico de León

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Enrique Alonso - león
León

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Por el efecto que nos ha dejado la visita institucional que la consejera, Silvia Clemente, titular del área de Cultura y Turismo de la Junta de Castilla y León, relacionado con alguno de los pasajes más comprometidos de la esencia medieval leonesa, hemos querido escarbar en uno de los que sirvieron de arranque a ciertos momentos cruciales en la proyección de la Iglesia local, el monacato supeditado al arbitrio real y a la creación del Infantado del Torío. Aunque no es la primera vez que desde este Retablo se habla del tema que engloba los primeros balbuceos del reinado leonés con la aparición de algunas de sus instituciones más notorias, volvemos sobre nuestros pasos para dar un vistazo más detenido a la propia iglesia de Palat del Rey, la más antigua de cuantas se consagraron en la ciudad de León, iglesia que es depositaria de gran parte de la historia leonesa, desde los más antiguos sustratos romanos, hasta las reformas bajo-medievales y modernas. Sí es verdad, y al presente nos remitimos, que la historia de una ciudad es la suma de una serie de estudios realizados parcialmente en los solares y asentamientos que tradicionalmente se consideran matriz de su uso y poblamiento, bien por conocimiento oral transmitido, por vestigios materiales o por documentación fidedigna. Pero nada quedaría completo sin la conjunción de un estudio racional coordinado, donde converjan los análisis profesionales de la Arqueología, la Antropología y la Historia. La iglesia de Palat del Rey, para fortuna de los que buceamos en las esencias leonesas, nos muestra un estudio profundo donde se dan cita todos estos ingredientes, adobados por el rigor y profesionalidad de quienes han tenido la responsabilidad de emitir un juicio histórico sobre el solar leonés a través de la Arqueología. Lo que empezó siendo un mero estudio de la iglesia palatina, adscrita en su día al monasterio de El Salvador y palacio real fue una auténtica y apasionada entrega de tres ilustres estudiosos: Victorino García Marcos, que llevó el peso de la parte arqueológica; César Trobajo de las Matas, en la Historia y María Encina Prada, la relacionada con la antropología. El encadenamiento arqueológico cuyas datas comenzaban en la Edad Moderna, para pasar a fechas bajo-medievales y del Alto Medievo, se fundieron con los restos de la presencia romana en épocas de la Legio VII. Señales de la primitiva red viaria que pusieron de relieve parte de la estructuras del recinto legionario, entremezcladas con las piedras prerrománicas que fueron parte de la primitiva iglesia, las que probablemente surgieron del traslado palaciego propiciado por el rey Ordoño II al dejar su palacio de las termas romanas, hacia el año 917 para dejar expedito el espacio para la nueva catedral. Ramiro II sería el rey que remató el monasterio, la iglesia y todo el conjunto palatino del momento. La profusión de tumbas y sarcófagos aparecidos en el transcurso de las excavaciones, delatan la «vocación» funeraria del complejo monasterial y parroquial, que fue en sus primeros tiempos panteón real, donde el propio rey Ramiro estuvo enterrado hasta su traslado al de San Isidoro. El punto de partida En las circunstancias y tiempos referidos anteriormente, el recién estrenado Reino de León atraviesa una época de gran inestabilidad en el asentamiento de la Corona. Alfonso III el «Magno» abdica sus reinos a favor de sus tres hijos: García, Ordoño y Fruela, que sucesivamente van muriendo el último de ellos de lepra-, después de haber sido coronados, heredando el trono de León su sobrino Alfonso (IV), hijo de Ordoño II, que después de cinco años largos de reinado se retiró a tomar hábitos al monasterio de Sahagún, traspasando la Corona a su hermano Ramiro, a la sazón conde de la región berciana, quien supo hacer ostentación de los títulos de «Imperatur y Rex Mágnum». Quizá el aburrimiento de los claustros y un pesar por la decisión tomada, hace que Alfonso abandone su condición de monje para reclamar a Ramiro el Reino de León, apoyado por sus tres primos, los hijos de Fruela II. No gustó esta decisión al rey Ramiro, que reaccionó violentamente contra su hermano y primos, sitiándolos y «empozándolos» en una mazmorra después de haberles sacado los ojos. Pero encajada en las grandes ostentaciones reales de la época, Ramiro II quiere desagraviar la tremenda agresión hecha a sus familiares fundando un Señorío adscrito a la ribera del Torío en el monasterio de San Julián y Santa Basilisa, recientemente fundado por el caballero Runforco, en las inmediaciones del actual pueblo de Ruiforco. Pues bien, este señorío se considera el germen de la que fue «primera piedra» del Infantado del Torío, institución que Ramiro II hizo nacer en el año 946 y resistió, con los vaivenes típicos de los cambios generacionales y políticos, durante ocho siglos, concretamente hasta 1805. La primera titular del Infantado, tal y como había programado su padre, fue precisamente la Infanta Elvira, que a la edad de doce años, recibe este título del Señorío Real, en régimen autónomo, profesando como religiosa en el Monasterio del Salvador de Palat del Rey, cabecera administrativa del Infantado, cuyas posesiones fueron aumentando con los tiempos llegando a formar un territorio compuesto por las vegas de Garrafe y La Flecha hasta las localidades de Matueca y Pedrún.

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