Obispo de León
«Las reconversiones han sido insuficientesa la hora de generar riqueza en León»
El prelado leonés considera preocupante la decadencia económica de la provincia pero valora positivamente un «espíritu reivindicativo» que confía acabe dando frutos positivos «
El día de San José se cumplen dos años del nombramiento de Julián López como obispo de la diócesis
Muy pronto, el 19 de marzo, se cumplen dos años del nombramiento de monseñor Julián López como obispo de León. Un periodo lleno de actividad en el que se ha acercado a la realidad de una diócesis compleja y a una provincia con la que asegura sentirse ya muy identificado. «Soy zamorano, y estar en León es como estar en mi propia casa». - ¿Qué es lo que más le ha sorprendido y preocupado en esta diócesis desde un primer momento? - Lo que más me preocupa es la atomización de las parroquias rurales. El fenómeno de la despoblación, con el éxodo hacia la capital, ha obligado a agrupar los arciprestazgos reduciéndolos de 25 a 13. También he impulsado otras unidades pastorales que ofrezcan una atención renovada. Otro factor determinante es la edad muy alta de los sacerdotes. La media de los que están en activo es de 61,7 años; pero, si tenemos en cuenta la totalidad de los sacerdotes -366-, esa media llega a los 65 años. En el lado positivo, me ha llamado la atención la extraordinaria fecundidad vocacional y misionera de León. Ahí están figuras señeras como el padre Llorente, de Mansilla Mayor, de quien yo leí algunos libros siendo niño. O el obispo de Zimbawe, Ignacio Prieto, a quien admiraba desde mis años de seminarista, y que es natural de Besande. Desde el punto de vista social, me preocupa la decadencia económica de León con unas reconversiones que se han mostrado insuficientes a la hora de seguir creando riqueza. Siempre tuve la idea de que León era una provincia verdaderamente pionera en el conjunto de las provincias de la región pero, en estos años, ha decaído la actividad lo que es preocupante. También es cierto que hay una gran actividad social con espíritu reivindicativo en cuanto a mejoras de todo tipo y en cuanto se refiere a facilitar el acceso a los bienes de la sociedad de hoy, la cultura, el bienestar... - ¿Se atreve a proponer alguna «receta» para mitigar o reconducir un problema tan grave como el de la despoblación? - Los movimientos de esta naturaleza son muy difíciles de reconducir porque son lentos y se tarda en percibir los resultados de cualquier medida que pretenda invertir o reconducir una tendencia. Me llama la atención la escasa inmigración que se aprecia aquí en relación con otros puntos de España como Andalucía, Cataluña o Levante. Supongo que tenga que ver con la falta de posibilidades de trabajo. Algo semejante ocurre con la natalidad. Para que se pueda hablar de que se ha tocado fondo deben pasar bastantes años. En todo caso hay un fenómeno que incide en esta realidad y es que hoy se busca un bienestar que en el fondo es egoísta y materialista, basado en el confort, y que soslaya otros valores como fueron en otro tiempo los hijos. Para una familia, tener muchos hijos, no era solamente la expresión de una generosidad sino que eso permitía contar con más brazos para aportar al hogar lo necesario. Si nuestros antepasados hubieran pensado como nosotros, estoy seguro de que no hubiéramos heredado las mejoras de las que nosotros disfrutamos. Los que ahora son abuelos, tenían un espíritu de sacrificio ante las dificultades mucho mayor que nosotros. Pero no me atrevo a decir cómo debe afrontarse esta realidad que es un fenómeno global que nos arrastra a todos. - La escasez de vocaciones constituye un serio problema para la Iglesia en general y León no escapa a esta realidad. ¿Cuál sería la raíz de este problema? - Habría que hablar de varias causas. Ciertamente en las diócesis de Castilla y León estamos en un periodo de vacas flacas al contrario de lo que ha ocurrido en otras regiones tradicionalmente más frías desde el punto de vista religioso como, por ejemplo, en Andalucía. Allí están ahora en un periodo de crecimiento de las vocaciones y es el resultado de un trabajo de años en esa pastoral. Detrás de las vocaciones veo dos aspectos que deben ir unidos: la oración que lleva al compromiso y el testimonio de alegría y generosidad que hemos de dar los sacerdotes. El joven es sensible a la generosidad, a la entrega y a la ilusión con la que se vive una vocación como es la sacerdotal o religiosa». - ¿Cree que las organizaciones no gubernamentales acaparan a muchos de esos jóvenes inquietos y solidarios que antes se encaminaban al sacerdocio? ¿No se estaría sustituyendo la religión católica por una especie de «humanismo» de raíces cristianas? - Más que sustituir una cosa a la otra, creo que podríamos hablar de dos vocaciones diferentes. Afortunadamente, las ONG y la solidaridad, están encauzando la necesidad y la capacidad del ser humano de ayudar a sus semejantes. También es una forma de aliviar una cierta mala conciencia que tenemos en este primer mundo por los continuos testimonios de miseria, violencia y calamidades de todo tipo. Algo se conmueve en el interior y algo hay que hacer. Bien es verdad que esa forma de compromiso es quizá más fácil de poner en práctica que una vocación estable de por vida y quizá ahí tengamos alguna de las raíces de las dificultades para aceptar una vocación trascendental o religiosa. Pero hay una realidad que está ahí: el Evangelio de Jesucristo es exigente, requiere quemar las naves y darlo todo. En ese sentido, valorando todo lo que de positivo tienen estas organizaciones, cr eo humildemente que no son suficientes si se quiere dedicar una vida a ayudar a los demás. Desde luego hay muchas personas, laicos, que gastan su vida de una manera espléndida pero, desde la perspectiva religiosa, encuentro que las motivaciones son más profundas». - Se aproxima ya la Semana Santa. ¿Qué queda de sentida religiosidad en las procesiones? - La Semana Santa es una realidad compleja porque afecta a la religiosidad de las personas y a la fe cristiana en cuanto que es la puesta en escena de la pasión, muerte y resurrección de Cristo. Lo que me parece sustancial es que, en el centro de todo este fenómeno rico y variado, está la figura de Jesucristo con la participación de lo que aquí llamamos los papones. En torno a la figura de Jesucristo hay círculos más o menos próximos, niveles de vivencia profundamente cristiana capaces de hacer abstracción de otros muchos aspectos, como también mucho sentimiento, mucha expresión religiosa encuadrada en lo que algunos llaman la fe del carbonero pero que, en el fondo, merece todo respeto. Y puede haber otros círculos más abiertos en los que muchas personas se sitúan una vez al año mediante una práctica más o menos sentida heredada de sus abuelos o de sus padres. Sentirse miembro de un pueblo en una expresión religiosa de raíz cristiana es un valor en sí mismo. Todo merece respeto pero es misión del obispo y de los capellanes de las cofradías recordar cuál es la vivencia central». - ¿Cree que la política de José María Aznar en relación con Irak ha sido la correcta? - «No me atrevería ahora mismo a emitir un juicio porque creo que no es mi competencia. Sólo voy a decir una cosa. Cuando se comenzó a hablar de la guerra de Irak, tras la catástrofe del 11-S, recuerdo haber dicho que los gobernantes lo tenían muy difícil y que tenían ante ellos una grave responsabilidad por lo que pedía para ellos luz y discernimiento. La voz de Juan Palo II fue muy contundente en contra de las guerras por considerar que no solucionan nada sino que causan males mayores y castigan a innumerables víctimas inocentes. La pena es que, actualmente, aunque haya voluntad de remediar los males de la guerra, la situación se ha deteriorado tanto que no se ve una salida. Y la pregunta sigue siendo si esa guerra era el único modo posible de combatir el terrorismo internacional. Volviendo al Papa, «el problema no se solucionará con muros sino con puentes». - ¿Se siente cercano a quienes se integran en los denominados movimientos antiglobalización? ¿Cómo entiende ese concepto? - Aunque este fenómeno, por sí mismo, no tendría por qué causar perjuicios, lo cierto es que está favoreciendo el enriquecimiento de los más ricos y propiciando la miseria de los países más pobres. Creo que este fenómeno es hijo del neoliberalismo económico que está tocado, en gran medida, de egoísmo y de insolidaridad. Por eso debería pensarse en una regeneración del concepto, en un proceso que llevase a una globalización de la solidaridad. Este es un proceso que tiene muchos frentes: el político, el técnico, el económico y el cultural. Yo creo que en el ámbito en el que la mayoría podríamos actuar mejor sería en ese frente de la globalización cultural entendida como la colocación de la persona en el centro; entendida como una mayor conciencia ética, una educación en los valores religiosos. Hay un aspecto que me preocupa mucho en estos movimientos y es la violencia que los desautoriza y los hace antipáticos». - El documento Directorio de la Pastoral Familiar de la Iglesia en España levantó una catarata de críticas. En particular, se ha criticado la relación que se haría entre la violencia de género y la revolución sexual. ¿Qué opina de todo este revuelo? - En principio diría que es fácil censurar a la Iglesia identificándola con la jerarquía católica. Y es fácil porque no sólo no nos vamos a defender sino que vamos a poner muchas veces la otra mejilla. Para mí, lo más preocupante de todo este asunto es que se haya opinado sin haber leído este instrumento pastoral, tomando una pequeña parte por el todo. Realmente hay un apartado en el que, después de haber hablado de otros muchos aspectos de nuestra sociedad, se analizan también algunas consecuencias derivadas d e ese fenómeno social. Pero me pregunto si no merecería la pena analizar desapasionadamente esos argumentos , esa relación causa-efecto que se propone en el directorio. Porque ahí no se pretende hacer doctrina sino que se analizan unas realidades desde una realidad que nos interpela a todos. Y deberíamos tener el valor de preguntarnos por las causas de unos males que van en progreso continuo. Y esto no se ha hecho. Atacar es muy fácil; desautorizar también; pero lo que no se ha hecho es contrastar los argumentos. ¿Por qué no nos sentamos todos a la mesa y hablamos? Descalificarnos unos a otros no elude una realidad que está ahí». - Otra cuestión polémica ha llenado estos días las páginas de los periódicos: la posibilidad de que parejas de homosexuales adopten niños. ¿Cuál es su opinión? - Hay algo para mí muy llamativo y es que este debate se esté realizando prácticamente en todo el mundo occidental. Y también esa prisa por contraer matrimonio, precisamente en un sector de personas que, hasta ahora, se habían limitado denunciar y lamentar una discriminación en razón de la peculiaridad de su sexualidad. Que de pronto se pretenda estabilizar esas situaciones dándoles carta de naturaleza, al mismo nivel que el de una familia compuesta por un hombre y una mujer, es una cuestión a la que realmente no encuentro respuesta. Me parece que una cosa es solucionar lo que pueden ser dificultades reales a la hora de compartir unos bienes, a la hora de tener unos derechos sociales, y otra cosa es equiparar todo el conjunto de derechos de las llamadas parejas de hecho con el matrimonio tradicional generador de vida. Por citar el reciente caso de estas mujeres de Pamplona, desde luego creo que debe respetarse a estas personas pero también entiendo que todo niño que viene a este mundo necesita los dos referentes de la naturaleza humana que son el sexo masculino y el sexo femenino. No los podemos borrar así como así. Y no por su razón biológica, sino psicológica, social, espiritual. Creo que en el fondo de estos problemas late una concepción de la persona que se ha ido deteriorando». - Hay quienes piensan que defender principios morales es cada vez más difícil. ¿Puede una sociedad vivir sin principios morales? - Siempre se parte de que existe una moral natural basada en la naturaleza de las cosas. No simplemente una moral impuesta desde un código. El Evangelio, para un cristiano es la ley moral por excelencia. Si decimos que todo esto no existe y que todo es fruto de una determinada forma de educación, creo que caemos en un relativismo en el que será imposible ponernos de acuerdo a la hora de buscar referentes sólidos y profundos. Da la sensación de la sociedad ha perdido la confianza en la existencia de la verdad misma; se relativiza todo y, sencillamente, así no se podrá vivir». - Tenemos ahí las elecciones. ¿Le preocupan los resultados? - Los ciudadanos son los que tienen la palabra cuando llegan las votaciones. La Conferencia Episcopal difundió una nota hace pocos días en la que exponía sus criterios. No es cuestión de preocupación. Los resultados los debemos aceptar y el sistema debe seguir funcionando. De antemano, advierto expresiones que no son afortunadas. Diría simplemente que no se puede olvidar que hay unos acuerdos y unas realidades que están ahí».