Diario de León

María Teresa García, junto a diez enfermos de la colza, mantiene un encierro desde hace un mes

«Ya se empieza a cansar uno»

«No hemos recibido respuesta ni de Zapatero, ni del ministro de Trabajo»

María Teresa García, en el salón de plenos del Ayuntamiento de San Andrés

María Teresa García, en el salón de plenos del Ayuntamiento de San Andrés

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R. Martín - león
León

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Teresa se seca las lágrimas bajo sus gafas mientras repite: «Esto es muy duro. Yo vivo de mi marido, para todo». Teresa se siente inútil y eso es, para ella, insoportable. Así lleva veinticuatro años, los transcurridos desde que comenzó a notar los primeros síntomas de algo desconocido a lo que luego, tiempo después, se puso nombre el nombre, neumonía atípica, y la causa, envenenamiento por aceite de colza desnaturalizado. Teresa tiene 62 años y el último mes lo ha pasado encerrada en el salón de plenos del Ayuntamiento de San Andrés del Rabanedo junto a cien enfermos más que, en turnos, mantienen una protesta para exigir el pago de una pensión vitalicia para los afectados que no han podido cotizar a la Seguridad Social. Una protesta, de momento, sin ningún resultado. «No hemos recibido respuesta a nuestras cartas ni del presidente del Gobierno, ni del ministro de Trabajo ni del secretario de Estado de Seguridad Social», los altos cargos a quienes habían pedido audiencia cuando hace hoy justo un mes se encerraron en el consistorio, explica Abel Fernández, presidente de la Asociación Leonesa de Afectados por el Síndrome Tóxico. María Teresa Garcia, Tere, es de Folgoso de la Ribera y el aceite de colza se cruzó en su vida porque «era más barato y no sabía mal». «En la casa de los pobres entra todo lo malo», explica sentada en una silla del salón de plenos. En esta pequeña localidad hay siete afectados reconocidos oficialmente; Tere tiene una minusvalía del 67% que se plasma en su incapacidad para mover el brazo derecho, problemas en el cuello, cólicos intestinales y problemas en su rodilla. Problemas todos ellos acreditados por decenas de informes médicos que no les han servido para obtener una pensión. De la indemnización a que tenía derecho, 18 millones de pesetas, apenas recibió seis ya que los restantes fueron descontados por los adelantos recibidos. «Me dieron 325.000 pesetas para arreglarme la boca y hasta eso me descontaron», indica, mientras vuelven a aparecer las lágrimas en su cara. Ahora, recalca, vive de su marido. «Él, con su pensión, paga los gastos y él hace todas las cosas de la casa, yo soy una inútil que algunos día no puedo ni lavarme o peinarme», relata. Los problemas que siempre tuvo en su brazo se han trasladado al cuello y Tere sufre una contractura y una presión en una vena que le provoca pérdidas de conocimiento y le obliga a salir siempre acompañada a la calle. «Yo he sufrido y he llorado muchísimo, porque ahora soy vieja pero tenía 38 años cuando se me detectó la enfermedad y desde entonces no he podido hacer nada», continúa. Tere acude, al menos, dos veces al año a rehabilitación y «cada nada» tiene «una ambulancia a la puerta de casa». Dolores, infiltraciones y medicamentos se han convertido en su día a día. «Los medicamentos nos ayudan a vivir un poco mejor», dice. Sus palabras de crítica sólo tienen una diana: los políticos. «¿Dónde están esos mandatarios que no se ocupan de nosotros, a nadie le importamos porque estamos enfermos?», se pregunta. «Ahora les preocupan a todos los papeles de Salamanca o las bodas gay, pero a mí ¿qué me importa que dos hombres o dos mujeres se acuesten? ¿es eso más importante que miles de personas enfermas?», indaga buscando una palabra cómplice. «¿Por qué importan más los papeles de Salamanca o dos hombres que se acuestan juntos que miles de enfermos?» MARÍA TERESA GARCÍA

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