Diario de León

| Entrevista | Fabián Estapé |

«Hay una catalanofobia que en mi tierra trae, por desgracia, otra castellanofobia»

«Se ha llegado a estos extremos por torpezas de un lado y del otro. Y la guerra del cava fue ridícula, lo mismo que decir allí quiero tal cosa, pero que sea catalana»

Estapé se ha afincado en la periferia de León, desde donde cree poco en las autonomías

Estapé se ha afincado en la periferia de León, desde donde cree poco en las autonomías

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Antonio Núñez - león
León

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A sus 84 años sigue escribiento en los periódicos y dictando en la radio lecciones sobre economía. Es columnista de Diario de León y lo acaban de fichar para un programa semanal en Onda Cero . Lleva cuatro años viviendo en Navatejera desde donde sigue trabajando incansable con un teléfono móvil y un ordenador en contacto permanente con todos los grandes personajes que han hecho historia en la transición democrática y, sobretodo, con los colegas economistas, como Fuentes Quintana o Juan Velarde, asesores, como él, de sucesivos gobiernos a derecha e izquierda. Hace apenas dos semanas volvió a entrar por la puerta grande en la Real Academia de Ciencias Morales, Políticas y Económicas, de la que se había salido antes porque no le gustaba cierto personaje que prefiere no nombrar, pero que, según él, «era de los que comían con los dedos y la economía es como una gran mesa ¿Sabe usted?». Nacido en Port Bou (1923) y militante de CC.OO. y del PSC en los años setenta, es partidario del traslado de parte de los archivos de Salamanca a Barcelona, aunque no de que Cataluña se autodefina como nación: «la nación es España desde que otro catalán como yo, Figuerola, inventó la peseta en un país que antes tenía doscientas monedas distintas, ahí es nada», ironiza. -Hablemos del Estatut. Desde fuera se le ve con recelo por lo que pueda suponer de ruptura del Estado y se ha creado un ambiente enrarecido. ¿Es para tanto? -Hay una especie de catalanofobia que, por desgracia para España, tiene en mi tierra una compensación negativa, que es la castellanofobia, con lo cual se han enconado los sentimientos. ¿Por qué se ha llegado a estos extremos? Sin duda por torpezas de un lado y de otro. La guerra del cava fue ridícula, lo mismo que cuando allí se decía yo quiero comprar tal cosa o la otra, pero que sea catalana... Entre unos y otros estamos haciendo el estúpido. Y siento decirlo por una chica que creo que se llama Silvia Clemente y que es consejera de Cultura de aquí y que me sirve de ejemplo. Estába en una cena con otro amigo mío, el tenor José Carreras, y cuando llegó la noticia de la paralización del traslado de los papeles de Salamanca a Cataluña esta señorita se sintió tan eufórica que pidió para celebrarlo Moet-Chandon. Y para joder, claro, porque el cava no debía irle bien en el tema. -¿Es tan importante que Cataluña sea una nación? -Para mi no lo es y por cierto es que nadie me lo había preguntado hasta ahora. Por ahí no van las cosas. Yo prefiero seguir hablando de España como otro catalán, Figuerola, el que inventó la peseta. No fue Rajoy, ojo. Y también decía que España se basa en los Reyes Católicos y en la unidad de la moneda, sin que eso haya cambiado por el momento. Entiendo lo de las lenguas sin que se haga una batalla por ello allí y aquí, y también me basta con lo de nacionalidad, que es como figuramos en la Constitución, aunque eso ya fue tragar en su día por un absurdo para acallar y contentar a todos. -¿La financiación del Estatud es un modelo trasplantable al resto de las autonomías? -No lo he leído, pero me da en el olfato que tiene que serlo o el resto de España lo rechazaría. Es la opinión de un veterano que lleva más de cincuenta años haciendo economía y ya me decía mi padre, que era pescador, que en cuestiones de dinero todo el mundo jugaba en España a las siete y media: si te dan un siete, como pasa ahora con el Estatut, es cuestión de plantarse, porque, como pidas más cartas, «a los de Cataluña siempre nos dan el cuatro de espadas», decía él. -Usted se doctoró en Madrid con una tesis sobre «La reforma tributaria», que era la teoría de cómo hacer pagar impuestos a los ricos. Ahora el problema fiscal es distinto. ¿Qué le parecerían diecisiete agencias tributarias autonómicas distintas, que es a lo que se dice que vamos? -Creo que multiplicar costes administrativos es un disparate. ¿Si puede servir para que cada autonomía se responsabilice de sus impuestos, responda ante la gente por lo que cobra, y gaste menos en vez de limitarse a ordeñar la vaca del Estado? Podría suceder, pero yo no me fio. Por un lado va la Rioja, por otro Andalucía, luego Cataluña, etcétera, cada uno con un director general de industrias o de lo que sea. Se multiplican los cargos por todas partes y eso funciona mal. Y que conste que yo simpatizo con La Rioja porque allí nació Espartero. -En los años setenta usted fue comisario adjunto del III Plan de Desarrollo con López Rodó, cuando España necesitaba salirse de la autarquía y abrir mercados hacia Europa. Parece todo lo contrario a las autonomías... -Entonces tampoco todos lo tenían claro y menos la opinión pública, porque sólo publicaba Emilio Romero, oye tú... Yo entonces era rector de la Universidad de Barcelona y me dijeron «hay que acelerar el III Plan». Me llamó López Rodó como si a tí en tu casa un día te dice tu mujer que se ha jorobado el cuarto de baño y hay que arreglarlo. Digamos que a mí también me llamaron de fontanero sin preguntarme si era de derechas o de izquierdas. Lo único que querían era que les arreglara el grifo. -Dicen también que de aquella usted discutió con Carrero Blanco. -Digamos que la disparidad de criterios era muy notoria. En economía dos y dos son, efectivamente cuatro, pero él era lo más negado a introducir variaciones en el sistema económico: no las que proponía yo, sino las de todos en general. Era muy difícil tratar con él. Honestidad la que quieras, pero razón ninguna. -Luego le pilló la transición democrática. -Sí y más o menos los mismos compañeros economistas seguíamos encontrándonos. Corría el año 1978 y dijo el Rey «cómo va ésto». Hubo que buscar también a dos personas para acelerarlo todo: Abril Martorell por UCD y Alfonso Guerra por el PSOE, porque, si no, don Juan Carlos hubiera tenido que gobernar en enero siguiente con leyes franquistas. Al final la Constitución se aprobó de calle en noviembre y todo salió bien. Luego el Rey le ofreció a Fernando Abril un título nobiliario por los servicios prestados, pero declinó porque sabía que Guerra, que también tenía sus méritos, no iba a aceptar otro, dado que era de un partido republicano. -En aquella época también perteneció usted al PSC y CC.OO. ¿Han cambiado mucho los partidos y los sindicatos desde entonces? ¿Se han profesionalizado? -Sí; fui el primer rector que se afilió a CC.OO. y Marcelino Camacho telo puede confirmar. ¿Si ese mundo y el de los partidos ha cambiado mucho de la transición a ahora? Claro que se ha profesionalizado demasiado. Yo en este momento te diría que añoro a Marcelino Camacho y aquella época. En cuanto a la profesionalización de los cargos hasta niveles de alcaldías en pequeñas capitales de provincia o poblaciones es algo muy negativo, que, como economista y muy benévolamente, supone engrosar el sector terciario con cargos sindicales y políticos pensando en convertirse en funcionarios vitalicios: no dimite ni dios, pero eso también pasa en la CEOE, donde Cuevas lleva casi cincuenta años y ahora se presenta otra vez. La gente adopta como vitalicias opciones que deberían ser transitorias: un diputado dura cuatro años, lo mismo que un concejal, y estirar los plazos para hacerlos vitalicios suena a querer ser todos como Franco. Lo de vitalicio suena mal ¿Verdad?. -El economista americano Galbraith, al cual usted admira, considera fundamental el papel de los estados para equilibrar las economías nacionales. ¿Las autonomías pueden servir, en pequeño, para lo mismo? -Yo pienso que a España le hace falta más estado, que es todo lo contrario a descentralizar. Ahora vamos al revés, aunque aún hay margen para cambiar. Es decir, se puede influir en un territorio desde el Ministerio de Economía, pero no desde el despacho de un director general de la autonomía de Logroño o del subdelegado de aquí o de Murcia, sin ofender a nadie. ¿Porque esto qué es? Por lo demás sigue habiendo una sumisión completa de las teorías económicas a escuelas americanas, tanto pueden ser Galbraith como luego Milton Friedman y ahora otros, algunos también premios Nobel. A Friedman lo respeto, pero tiene como mancha los «Chicago boys» que alimentó la dictadura Pinochet.

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