| Crónica | Una cita con Destin, el niño-soldado |

El niño que venció a la guerra

Con sólo 14 años fue obligado a coger un fusil en su país natal, el Congo. Ahora, con 17, tras dos años en el infierno, vuelve a tener un futuro. El viernes lo contará en León

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Manu Mediavilla - madrid
León

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Al congoleño Destin Maliyamungu le cambiaron el balón por un fusil cuando tenía sólo 14 años. Pero ayer, Día Internacional Contra el Uso de Menores-Soldado, pudo «vengarse» pacíficamente de aquel reclutamiento forzoso con una tímida sonrisa juvenil (ha cumplido ya los 17) y un puesto de trabajo como mecánico que «me gusta porque me apasionan las motos». Su testimonio, agridulce pero esperanzador, reforzará la campaña de seis oenegés españolas por la reintegración social de los 250.000 chavales que todavía combaten en conflictos armados por todo el mundo. Destin estará en León el próximo viernes para contar su experiencia. La Coalición Española para Acabar con la Utilización de Niños y Niñas Soldados recorrerá media España en siete días. Y, como apunta su portavoz Valeria Méndez de Vigo, pondrá su acento denunciador en la persistencia de «diez Estados cuyas fuerzas armadas reclutan a menores de 18 años» y en la falta de voluntad política para aplicar el marco legal existente: la Convención de Derechos del Niño -el tratado internacional más firmado- y su Protocolo Facultativo -ratificado por 104 países- para librar a los menores de las armas. Destin es uno de los «afortunados» que puede contar su experiencia: «Estaba jugando al fútbol cuando llegaron los soldados (rebeldes del Grupo Mai-Mai), nos hicieron recoger madera y harina y nos llevaron al bosque, a unos siete kilómetros de nuestra aldea», situada en el distrito congoleño del Kivu Sur. Iba con otros cinco amigos, chicos de su misma edad, y acabaron en una especie de campamento protegido por la vegetación donde permanecerían «algunos días y donde nos explicaron cómo se utilizan las armas». Comenzaba así una dolorosa espiral de retención forzosa, violencia ambiental y soledad compartida. «Echaba mucho de menos a mi familia. Yo era el hijo mayor, y muchas veces me hacía cargo de mis tres hermanos y tres hermanas. Había hecho Primaria en la escuela, y entonces quería ser..., bueno, quería hacer estudios superiores y graduarme, pero todavía no tenía muy claro en qué...» No le dejaron pensar más en eso aquellos captores que lo vigilaban estrechamente y lo sometían a una dura disciplina militar. Maldita guerra Sólo el «apoyo y ayuda entre unos y otros» con sus amigos igualmente reclutados a la fuerza le permitió sobrellevar aquella primera etapa. Luego los separaron en grupos distintos, y aquella ración añadida de soledad se teñiría de dolor y luto cuando «perdí a un amigo en un combate». La guerra no perdona a los niños combatientes, ni siquiera a los que, como Destin y sus compañeros, pasaron por un «ritual de protección» llamado «gris-gris», que se realizaba echando un polvo sacado de plantas sobre un corte hecho en la piel con una cuchilla. Además, añade Nicole Nuyts, directora del Centro de Tránsito y Orientación (CTO) del Servicio Jesuita a Refugiados que acogió a Destin en la localidad congoleña de Uvira, «los chicos eran drogados con una planta parecida a la marihuana para que no tuvieran miedo al combatir». Fueron dos años movilizado a la fuerza, entre 2004 y 2006, y sólo pudo ver la luz al final del túnel cuando «mi hermano mayor -así llama él a un tío suyo- me contó que existían ese tipo de centros» donde se hacen realidad los programas de Desarme, Desmovilización y Reinserción (DDR) de Menores-Soldado contemplados en la legislación internacional. La «huida imposible» de otras veces se convirtió así en un sueño imperioso y alcanzable, y un día «esperamos a que se hiciera de noche y logramos escapar cinco amigos».

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