| Reportaje | El reconocimiento de la tierra |

Un autodidacta con legado

El profesor Cordero del Campillo recibe la Medalla de Oro de la Ciudad por su aportación al mundo de la veterinaria, implicación en la sociedad leonesa y la humanidad de su larga trayectoria

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Asun G. Puente - león
León

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Discípulos, alumnos, profesores, compañeros de facultad, docentes de todos los centros de la Universidad de León, el rector con parte de su equipo y numerosas personalidades de la vida militar, social, religiosa y política de la ciudad, además de familiares y numerosos amigos acompañaron ayer a Miguel Cordero del Campillo en uno de los días más emocionantes de su vida: el reconocimiento de la ciudad a su larga trayectoria docente e investigadora, a su implicación en el devenir de la propia historia de su entorno y a su humanidad. Antes de recibir la Medalla de Oro de la Ciudad, tomó la palabra el presidente del Colegio de Veterinarios, José Luis Teresa Heredia, quien recordó que el profesor es «hoy en día una máxima autoridad en la veterinaria; para mí lo es todo, fue mi profesor, decano de mi facultad y un referente en toda mi vida profesional». Actualmente ostenta la presidencia de honor del Colegio. García Marín, el decano de la Facultad de Veterinaria, apuntó que participó en el tribunal que valoró y calificó su tesis. «Tenía fama de severo, pero nunca me arrepentí de mi decisión, antes en una conversación con otros profesores que presencié ya me di cuenta de su personalidad». «Querido maestro». Así se refirió el rector, Ángel Penas, a Cordero del Campillo al inicio de su alocución. «No es un veterinario, no es un catedrático, no es un decano, no es un rector, es una referencia para todo buen ciudadano». Confesó que a él consultó la oportunidad o no de presentarse a las elecciones de rector. «Me dijo que todo catedrático que quiera a su universidad puede, adelante». «Gracias maestro por todo», concluyó. Tras recibir la Medalla de Oro, el diploma acreditativo y firmar en el libro de honor del Ayuntamiento, llegó el turno del profesor. Calificó el reconocimiento de la ciudad como «una recompensa, más generosa que ecuánime». Reconoció sentirse «bastante afectado» ante el honor y comenzó el repaso a su vida, desde su nacimiento en Vegamián. «Soy leonés desde antes de nacer». Evocó el paisaje del Alto Porma que le vio crecer y donde le gustaría que en su momento reposen sus cenizas. Su llegada a la ciudad, sus estudios, la vida en la casa cuartel de la Guardia Civil con su familia, la carrera, sus primeros pasos profesionales, aquel sueldo de 150 pesetas y sus inquietudes de ampliar el horizonte de autodidacta. Todo llegó a su memoria con nitidez. Dedicarse exclusivamente a la docencia fue una decisión -contó- de las más «valientes, certeras y que más tranquilidad da a mi conciencia». Mostró también su orgullo de ser «uno de los peones» en la creación de la Universidad de León. Y rememoró su aventura en la política. «Fui independiente en ese momento de patriotismo de los españoles, que concurrieron en un proyecto común. Ahora me entristece el abandono de aquel espíritu». Declinó invitaciones para seguir en política y recalcó que su papel estaba en la Universidad. Sus padres, su esposa Emilia, sus cinco hijos, los ocho nietos. Su apoyo permanente a lo largo de su trayectoria y el inmenso agradecimiento a su familia. «Acepten todos mi reconocimiento más profundo, el de un aldeano de Vegamián...».

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