DEL VERSO A LA PROSA | ANTONIO GAMONEDA
Sangre y memoria
ISAAC PÉREZ Cabo no murió por sí mismo en el mes de agosto de 1936. Murió muchas veces en los seres que amaba. Ocultó su vida entre las nieblas y los brezos del Pajariel, pero no pudo ocultar la vida de quienes le esperaban amándole.
Sobre Fernando y Jerónima y sobre el ser que aún no tenía nombre recaía a diario la tortura exquisita del terror azul. Quiero decir, de los valerosos salvadores de España que cubrían de azul sus corazones negros.
Se hacía necesario proteger a la patria de los trabajadores cansados, de las mujeres embarazadas, de los niños de tres años y de los que ocultos en sus madres aún no tenían nombre.
Cumpliendo su deber, los corazones negros se vieron obligados a manchar sus camisas perfectamente azules con sangre de Fernando y Jerónima y se hizo evidente que las dos eran rojas, como era previsible. Los dejaron inmóviles para siempre, tendidos en el camino polvoriento y por tanto marxista que conducía a Flores del Sil.
Debidamente ensangrentados, los ocho peligrosos insurgentes, terminada la misión de los corazones negros, mandaron a lavar sus camisas azules y su conciencia rebosaba gozo por haber contribuido de manera notable a la salvación de la gran madre patria.
Todos fueron felices durante mucho tiempo. Consideraban conveniente el dolor de Isaac Cobo y (..) se pudrían en silencio debajo de la tierra. Tenían claro que para la salvación de España, convenía administrar heroicamente la tortura y amontonar muertos también heroicamente. Esta es la historia de nuestra salvación.
(*) Extracto del texto completo