El viejo Lanz
Opinión | Juvenal Bernardo Huertas
Profesor de Enseñanza Secundaria
P o po po po chof. El runrún, intermitente y desacompasado, bulle en su cabeza y agita su corazón. Se abraza fuerte a su padre y se acurruca bajo la manta que les cubre mientras dejan atrás las últimas casas del pueblo débilmente iluminadas por la luz amarillenta de las bombillas que cuelgan de sus paredes. En la penumbra del alba, el caballo tordo que montan avanza con paso decidido por el camino que atraviesa la era. Resopla nervioso y de sus ollares emergen dos bocanadas de aire húmedo, patentes al contacto con el gélido ambiente.
A su lado camina Zarko , el joven y vigoroso mastín extremeño que, un día de primeros de este frío diciembre, amaneció arrebujado alrededor de Dorita, una niña desaparecida la tarde anterior que, tras una larga y agónica noche de búsqueda, apareció plácidamente dormida en su regazo. El noble animal olisquea y se mueve juguetón de uno a otro lado con su caminar elegante, larga cola en alto y en espiral perfecta. A su paso va dejando las enormes huellas de sus patazas sobre la acolchada sábana blanca que lo cubre todo y que, en este amanecer, resplandece inmaculada y alumbrada por la luna.
Ahora cruzan el arroyo Sisonero convertido en pista de hielo que cede con dificultad a las pisadas del equino que, las más de las veces, resbala sobre ella. El sendero les deja enseguida en la explanada de la finca El Gorrión a cuyos establos se dirigen. Desmontan del caballo, el padre le quita la montura vaquera y, aprovisionado de comida y agua, lo dejan en el pesebre hasta la tarde para el regreso. El hombre se protege la cabeza con un gorro de orejeras y el cuerpo con una gruesa pelliza con cuello de piel y una bufanda de lana tejida por la madre. El niño lleva un gorro de lana, un chaquetón de paño y las piernas cubiertas por unas polainas de lana que cubren lo que no tapan las calzonas que viste. El padre se echa las alforjas al hombro, toma al hijo de la mano y se encaminan al local que alberga la maquinaria.
-”Po po po po chof, chof, chof. El corazón se acelera y parece que fuera a abandonarle, al entrever en la penumbra del local la figura del viejo Lanz , majestuoso a los ojos del pequeño. La causa de la emoción infantil es un tractor de los años veinte del siglo pasado, que lleva más de treinta años rindiendo un buen servicio en la hacienda de los abuelos y ahora se halla en el final de su vida. El hombre deja las alforjas sobre el asiento del remolque al que está enganchado, toma una manivela, que coloca en la parte delantera del vehículo, y una garrafa de la que vierte una pequeña cantidad de petróleo en el calderín que lleva debajo del motor. El niño, embelesado, observa la ceremonia como si fuera la primera vez. El padre prende el petróleo que arde con el fuego lento y pesado, pero contundente, que le caracteriza y el motor va tomando poco a poco temperatura. Empuña, ahora, el mango de la manivela y la hace girar rápida y enérgicamente.
-”Po po po po chof, chof, chof. Mientras el pesado conjunto de engranajes y poleas internos se mueven con dificultad, espesas humaradas blancas salen de la chimenea de la máquina a cada intento de iniciar un movimiento autónomo. Tras varias intentonas fallidas, parece que todo se suaviza, el aceite pierde viscosidad y el movimiento de la manivela que ha de lograr el efecto mágico resulta más fácil, aunque el hombre suda copiosamente.
-”Po po po Po po po po po po-¦-¦ Al fin todo parece encajar y la regularidad sonora y la continua humareda que escapa de la máquina va devolviendo la serenidad al agitado corazón del niño. Retiran la manivela, apagan el petróleo encendido cubriéndolo con una manta vieja y devuelven el resto a la garrafa; mañana hará falta de nuevo.
-”Po po po po po po po-¦-¦ Con las primeras luces del día, el padre al volante y el niño a su lado, se encaminan hacia el olivar donde las cuadrillas de aceituneros les esperan. El viejo Lanz, color azul, ruedas delgadas y de gran diámetro atrás y pequeñas adelante, enorme chimenea tronco-rómbica, rueda elegante, conducido por el padre y acariciado por el hijo, entre las hileras de olivos, recogiendo en el remolque el fruto recolectado, con manos agrietadas por el frío, que, en pocos días, el molino convertirá en delicioso líquido.
-”Po po po po po po Po PO PO PO PO Po po po po-¦.. El corazón del niño late tranquilo.