Reportaje | maite almanza
Esponsales con historia
Casi dos mil personas vivieron en directo un casamiento que combinó emotivos ceremoniales con regalos, buenos deseos, despedidas y sorprendentes anuncios

La pareja contrayente recibe los aplausos del público en la puerta de la iglesia.
Astorga amaneció ayer cuajada de hiedras y de lazos en las puertas de las casas de la boda. Partieron primero los padrinos en busca del novio, el periodista Luis del Olmo, y del padre. La novia, la presidenta de la Diputación, Isabel Carrasco, advertida por los ecos de las castañuelas y el tambor, rompía el protocolo para asomarse, inquieta, a la puerta de su casa, que segundos después se cerraba a cal y canto. Tres golpes en ella del padre y el aviso de que el cortejo venía a cumplir la palabra empeñada consiguieron abrirla. Llegó la primera canción y salió la contrayente con pañuelo blanco en la cabeza y amplia sonrisa. De rodillas sobre una alfombra recibió la bendición de su madre como despedida. Las mozas le recordaron que decía adiós a la soltería y a su familia en las canciones que le dedicaron camino de la iglesia.
La comitiva se encontró cerrada la puerta del templo y rogó al sacerdote que la abriera «porque los novios se quieren casar». Él pidió besar a la novia, pero no pudo ser antes del cambio del pañuelo por el de casada, que se realizó en la intimidad. El beso fue público, casto y doble, impulsado por los ruegos de la multitud y acompañado de abrazo. De camino a la plaza Mayor los curiosos felicitaban a la pareja, padres y padrinos.
Sonrisas. El flamante marido caminaba con semblante serio, quizás consciente de la responsabilidad del paso que acababa de dar, pero la contrayente repartía sonrisas y saludos, y correspondía a los aplausos tocando levemente las castañuelas.
Llegó el momento de correr el bollo, adornado con plumas de colores y figuritas de cigüeñas portando bebés. Se animaron hasta el padrino, el regidor, y algún mozo con responsabilidades municipales. A los astorganos les habría gustado ver en qué paraba el duelo pedestre entre ambos, pero el padrino no les dio ese gusto y renunció a competir en una segunda ronda. El dinero que logró el ganador quedó en secreto.
Después fue el novio quien rompió el protocolo. Periodista antes que esposo, anunció que ETA dejaba las armas, levantándose de su sillón enramado con flores amarillas, moradas y blancas. La plaza estalló en júbilo, y nuevamente la novia tocó las castañuelas para celebrar la noticia. La alegría continúo con la entrega a la recién casada de seis ramos jalonados de vellones de lana para el futuro colchón conyugal, dulces, golosinas y adornos de papel.
Una moza del caldo, la mejor amiga de la novia, inició en solitario el baile de la rosca llevando ésta bajo el brazo, pero sus volteretas pronto se convirtieron en un multitudinario baile de corro que terminó en zapatetas. Muchos mozos de los cerca de ciento cincuenta maragatos que componían el cortejo nupcial lograron hacer coincidir el momento de la pirueta.
«Que este matrimonio sea tan fecundo en hijos como lo es esta tierra en trigo», les dijo el padrino a los contrayentes mientras rociaba los pies de la novia con granos de este cereal. Se aproximaba la hora de la comida y la organización, que calculó casi dos mil asistentes, repartió entre público e invitados cien roscones y 16 cántaros de vino tinto. Para los novios, padrinos y padres se reservó un cuartillo de vino blanco.
La recién casada regresó a la casa de sus padres para los últimos rituales. En la puerta, la madre sacó un mantel de lino y una jarra con refrescos para convidar a los asistentes.
Un cocido. El banquete de bodas fue un cocido maragato en el que novios y padrinos, como es tradición, y principalmente éste último, soportaron las bromas de los mozos, que llegaron en forma de canciones. El coro sugirió al padrino con picardía que invitara a fumar a los convidados, petición que éste recogió con un gesto cómplice. Pero también le pidieron que «por un duro más o menos» no quedara mal con las mozas, e incluso instaron a las cocineras a calentar agua porque el padrino «es muy duro de pelar». Los mozos dedicaron unas estrofas especialmente escritas para los tres, alusivas a sus auténticas responsabilidades públicas, antes de que los esposos se llevaran un regalo simbólico.