Reportaje | Armando Medina
La primera corbata de Matías
El alcalde Cabreros del Río y presidente de Ugal casó a su hijo en una simpática ceremonia
Llorente (izquierda), durante la ceremonia que presidió como alcalde, en la que contrajo matrimonio
Sorprendidos se tuvieron que quedar los dependientes de una tienda de la capital leonesa cuando hace unos días el popular sindicalista, alcalde de Cabreros del Río, presidente de Ugal y Ucogal y diputado provincial, Matías Llorente, se dirigió a ellos para encargar una corbata. Su primera corbata. Tanto que les indicó que le dejaran el nudo hecho porque él no tenía «ni idea» de cómo se hacía.
Mira que habrá asistido Llorente a actos importantes y se habrá codeado con personalidades del más alto nivel. Pues nada, con la corbata no podía. Siempre con el pecho descubierto. Pero ahora la ocasión lo merecía. No se trataba de un evento más. Le tocaba ejercer de alcalde para casar, nada menos, que a su hijo Héctor con Gema Fernández. Y ahí sí que Llorente tuvo que doblar la rodilla. La ceremonia tuvo lugar en la tarde de ayer en el salón de plenos del Ayuntamiento de Cabreros ante 150 invitados, «ninguno político», se apresuró a afirmar el veterano sindicalista.
Se le podrán achacar muchas cosas a Matías Llorente, pero falta de sentido del humor y de ironía, no. Así que el acto estuvo cargado de momentos simpáticos y de perlas dignas de recordar como cuando agradeció a los contrayentes que hubieran elegido la vía civil para contraer matrimonio «porque las religiones son como las libélulas. Necesitan la oscuridad para funcionar».
Desde luego, nada tuvo que ver con la seriedad de una boda por la iglesia. Hasta una joven irrumpió en el salón para bailar la danza del vientre ante la mirada atónita de los invitados.
Eso sí, hubo momentos, en los que Llorante ejerció a la vez de concelebrante y de padre y así recordó a los contrayentes que «a partir de ahora las cosas van a cambiar», indicándoles que tendrán que ir dejando un poco de lado a los amigos para dedicarse a ellos mismos.
Como en toda boda que se precie, sea civil o religiosa, la novia se retrasó unos minutos respecto a la hora prevista. Una plaza Mayor llena de gente y con música de dulzaina y tamboril la esperaba acompañando al novio. Después el salón de plenos, no preparado para este tipo de eventos, se quedó pequeño.
Tras la ceremonia, los invitados se trasladaron a un restaurante de la capital leonesa en el que, en el momento en el que este periodista escribe estas letras, estarán dando buena cuenta de una suculenta cena. Así que ese sindicalista curtido en mil batallas al final tuvo que ceder y ponerse la corbata en la boda de su hijo. Y es que con la familia no hay quien pueda.